Miel de Celindas


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A la querida niña rubia perdida en las hojas de mi memoria, junto a la dulce savia del cáliz de las celindas que es para mí atributo del amor y el deseo.

El primer recuerdo de amor que guardo es estar sentado al tranco de un portal deshabitado en un callejón del Albaicín. Puedo apreciar una mezcla de olores: la humedad del abandono, las últimas celindas, higos caídos al suelo pisoteados, orines de gato… Estoy en compañía de una pequeña enfermera rubia que me mira con ojillos de gata mientras rozo la piel desnuda de su nalga con el palo de un sorbete de fresa. Le pongo entre arrobos inyecciones de amor inocente e intercambiamos miel de celindas con saliva y los piojos que en sazón saltan de una cabeza a la otra… Mi hermana mayor nos ha descubierto en el embeleso arrancándome de allí sin más.
Nunca volví a ver a mi gatita rubia. Su familia, inquilina de paso en la casa de vecinos del 17, enfrente justo de mi cancela, se mudó en los días siguientes. Me quedé con la cabeza rapada al uno hediondo de ZZ, ansioso (sin saber exactamente de qué) y con la dulzura en los labios por ese revelado misterio que poseían las niñas.
Los amigos del barrio, diminutos confidentes, me revelaron el secreto del amor y de la vida días después, cuando vimos a una pareja de perros, uno subido sobre el otro entre violentas sacudidas para acabar pegados en sentido contrario. Afirmaban que para tener hijos las personas debíamos hacer las mismas guarradas que los animales.
Enseguida lo comprobamos observando a las moscas gruesas y verdosas que traía un asno llamado Tamajero, con su arriero gitano, subiendo por la cuesta del Cenete: ¡Arrri, Tamajeeero!, entonaba haciendo sonar la vara verde mientras las moscas se detenían en los serones montadas unas sobre otras. También lo advertimos observando a los gatos del Huerto del Carlos, que se acoplaban entre fues y maullidos; o en las palomas que tenía el padre de mi amigo Malín en la terraza, que se pisaban entre continuos zureos y el tufo a gallinaza; o viendo a los conejos que el Lara criaba detrás de la taberna: cuando el macho se aupaba encima de la hembra rebotando de pronto con una rapidez espasmódica y febril…
Yo como entonces era un angelillo de cabellos negros, en mi inocencia me negaba a creer que aquello fuera lo común también entre los humanos. Pero un sábado por la tarde en el Casa de la Lona (una vieja fabrica de textil en ruinas) buscando con dos amigos el tesoro perdido de los moriscos, hallé la fatal evidencia en una de las habitaciones. Dos sombras hacían el perro sobre un jergón de borra, una maullaba nerviosa y la otra gemía broncamente. Cuando las sombras se iluminaron, un hedor a basura y meados me sacudió por dentro y a pesar de que mis amigos se agazaparon para ver mejor la escena, yo salí de aquellas ruinas bastante desilusionado. Ya en el carmen donde vivía, del celindo que teníamos en la entrada, arranque una de sus postreras flores y la olí, luego libé su miel pensando en mi pequeña gata rubia (me rasqué la cabeza en un acto reflejo), en la pequeña pasión que había ardido en mi pecho junto a ella semanas atrás.

Algún tiempo después entendí viendo la tele que había que parecerse a Sandokán para atraer a las féminas y adopté su caminar de tigre por los patios de las primeras escuelas mixtas de la democracia. Pasaba entre niñas con faldas a cuadros y rodillas heridas que saltaban como gacelas a la comba y a la patita coja para empujarle al tejo. Sólo recibía de ellas empujones y tirones de pelo, hasta que descubrí que en la biblioteca eran más sumisas y podías sentarte a su lado rozando sus rodillas lastimadas, hojeando en el silencio de las risas un tebeo de Mortadelo o los Cuatro Fantásticos.
En la quiebra de una gran peña que dominaba la carretera del Tambor, solo, con Granada al fondo bañada en la luz sibilina del ocaso, que sólo alumbraba las cosas claras, con una brizna amarillenta en la mente y un cuerpo crecido entre las manos, volví a hallar el sabor de la miel de celindas, ahora con un trémulo fluido que brotaba blancuzco y viscoso de lo más profundo, mientras invocaba a la chica que se sentaba a mi lado y quiso un día aprender inglés de mis labios. Aquellas prácticas de inglés duraron menos que el efímero placer en la peña y que la leve hinchazón de mis párpados cuando la veía, pues la niña buscó pronto a un pupilo más experimentado que bajaba las escaleras del colegio desde las clases superiores como un verdadero Sandokán.
Entonces me hice monaguillo y toqué las campanas para la misa de seis, encendí los cirios del altar y exhalé moral de incienso por todo el atrio, con la fe en el amor de Cristo y la de poder entrar, junto a otro acólito enamorado, en el Hogar de niñas de San José, donde se repartían besos tras las altas macetas del patio del comedor y pellizcos en los rincones de la sacristía. Aquella fe duró hasta que las monjas nos vetaron la entrada con otros pellizcos y el párroco prescindió de nuestros servicios siendo sustituidos por cristianos menos fogosos.
El tiempo que ahora tenía libre lo empleaba en hacer incursiones en territorios vedados a la inocencia, a la decencia y paseaba, con los ojos como platos, por la calle San Juan de los Reyes, entre los portales del trato y la mirada de las viejas meretrices pintorreadas, que poseían todas la misma apariencia en sus diversas caras.
Allí nunca olía a miel de celindas, sí, a los pastelillos de toronja recién horneados y al incienso que trepaba por los musgos de los muros de un convento colindante, tal vez para recordarle a las magdalenas el aroma del espíritu santo; pero también olía a puros, a cigarrillos Lola y a efluvio de bidé. Decidí por tanto no pasar más por allí y quedarme con las niñas de la plaza Cruz Verde, para jugar al pilla pilla, al reloj o, mejor aún, a las películas de amores.
Un día de verano llegó al barrio una niña nueva y era rubia. Tanto me fijé en ella buscando la lámina perdida de mi pequeña enfermera, que viendo la sonrisa en sus ojos acabé invitándola al cine Pages para ver la película Drácula contra el Hombre Lobo. Allí descubrí que las mujeres son seducidas primero por el oído y luego por el cuello; y que si las estrellas brillan en la mirada de una mujer que te ama, corre acelerada la sangre por el corazón y los besos sólo saben a miel de celindas…

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