El célibe desposado (relato sobre un cura casado, 2ª parte)


Segunda parte

2_fmtAl día siguiente ya me encontraba esperando en la cafetería desde mucho antes de las cinco. El misterioso sacerdote llegó tarde y se le veía un poco trastornado. Con cierta indiferencia se encaminó directamente a su mesita preferida, tal que ignorase mi presencia en ella o quisiera prescindir del saludo. Alzó el brazo para llamar a la camarera, se sentó, pidió su copa de anís y dijo después de beber, más aliviado, como si le hubiera sido preciso aquel trago.

–¿Tiene usted novia, joven?

–Bueno, ahora… las cosas son distintas. La gente de mi edad… En fin, tengo amigas, pero nada serio.

–El amor puede ser serio pero si antes fue divertido. Gran trabajo el del Creador, que nos hizo de agua, de fuego y de barro y a ese monigote le dio, como el mejor de sus regalos, un soplo de amor y una llamita de entendimiento. El amor es ese soplo que puede avivar la llama o puede apagarla. Es la atmósfera de la vida.

 Esa poesía suya de frase hecha sonaba bien en su voz grave, aunque distorsionaba con el resto de su presencia. De todos modos, tras otro trago, prosiguió sin dejarnos tregua, ni a mí ni a él mismo.

–Mi mujer se llamaba Paloma y era de un pequeño pueblo de la Alpujarra, y de una familia de labriegos. Había venido para sustituir a la señora que hacía las tareas en la casa de la iglesia, Clotilde, pues había caído enferma; ella misma recomendó a la muchacha por ser amiga de su familia. Aquello fue providencial. Una muchacha casadera y hermosa y un hombre joven y ya a pleito, quiero decir, sosteniendo una lucha interna contra un juramento; imagino que sabe a cuál me refiero… ¡Madre mía!: unas caderas de mujer, un vientre de hembra, una voz femenina, un olor a pureza y un gusto a perdición, todo eso en la primera semana de cuaresma. Antes del trigésimo cuarto día (último antes de pascua), se nos aventuró una semana de pasión y muerte, que acabó resucitando entre ambos un amor imposible.

–¿Imposible?… ¿Acaso ella volvió a su pueblo?

–No. Imposible de contener… La primavera entró en nuestra casa, los pajarillos se devoraban en los árboles del jardín y nosotros hubiéramos querido también hacerlo. Todos los boleros que cantaban por la radio sonaban para ella y para mí; nos habíamos enamorado y el deseo del amor compartido acabó revolcándonos –hizo una breve pausa, como si pensara que no había usado el verbo adecuado–… juntos en una calurosa y húmeda tarde de verano, una tarde de luces anaranjadas y que olía a celindas.

–Es una historia muy bonita.

–Fue una chaladura, una chaladura compartida, que tuvimos que vivir, pero de la que siempre me sentiré dichoso. En fin, tuvimos que ir arreglando las cosas para que pudiéramos estar juntos. Ella me visitaba a escondidas poniendo como excusa distintos pretextos. Hasta que después de Navidad, Clotilde dejaba definitivamente la casa debido a sus problemas de salud y Paloma se quedaba al fin con su plaza, como la criada interna que todo presbítero necesita.

»Las cosas también cambiaban durante esos años en España; se relajaban las costumbres al tiempo que se acortaban las faldas; se gritaba en las calles la libertad y se jadeaba también la violencia. Todo cambiaba de una manera vertiginosa, pero también gatopardesca, aunque esa es materia para otra historia. El año de las primeras elecciones se quedó embarazada de nuestra hija y por eso ideamos una absurda historia, un culebrón que no obstante convenció a la familia. Paloma había conocido a un muchacho que estaba haciendo la mili y que decían que era del partido Carlista (su novio postizo), el cual la había seducido prometiéndole formalidad pero había desaparecido del mapa cuando supo que la moza estaba preñada y quería tener el niño.

–¿Y por qué del partido Carlista?

–No se me ocurrió otra afiliación mejor para el muchacho, que en verdad existía y era de Pamplona, solía pasar por mi parroquia muchas de sus tardes de asueto. Además, esa querella decimonónica entre Borbones le daba al asunto un tinte más realista y convincente. Todos pensaron sin haberlo conocido: “claro, es que era de esos, de los carlistas”. Y el abuelo rumoreaba entre dientes: “esos eran los peores, mira que dejar a la nieta preñá y no casarse con ella”… Pero nosotros sí que nos casamos. Yo mismo procedí con la ceremonia en mi propia parroquia; teníamos los cuatro mejores testigos que se puedan pedir: el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo y María, nuestra hija…

El cuadro que describían sus palabras, pudiera haber tomado un cierto tonillo de blasfemia, de sacrilegio. Pero lo decía con tal naturalidad, que solo provocó en mí (y creo que en cualquier observador sin prejuicios) la sonrisa y hasta la complicidad. Apuró de pronto su bebida y giró la cabeza de un lado a otro como si quisiera hacer crujir los huesos y tendones de su cuello.

–Tempus fugit –reanudó con el latinazgo–. Sí, fue pasando entre sabores, sinsabores y cuchicheos… La niña crecía, lo normal: se vistió de comunión, años más tarde de gótica… Parecíamos una familia normal, aunque para la niña en vez de “el papá” solo existiera “el padre”.

–¿Nunca se lo dijeron a su hija?

–Íbamos a hacerlo cuando fuera algo más mayor, pero se precipitaron las cosas. Un nefasto día, mi mujer cayó enferma de pronto. Comenzó con vómitos y en ellos había sangre. En el hospital le hicieron varias pruebas de urgencia y antes de una semana ya lo sabíamos: fueron rápidos y claros. Le especificaron un cáncer avanzado en el estómago; no hubo tiempo ni para la radioterapia y falleció seis meses después.

–¡Cuánto lo siento! Estos cánceres de estómago dicen que son los peores.

–En diciembre hará veinte años… Luego mi hija se fue con una hermana de Paloma, la tía María, y al año siguiente se casó, pero afortunadamente le va bien. Ya habrá cumplido los treinta y seis. Desde que nos dejó su madre, apenas me visita, solamente alguna que otra Navidad, pero siempre suele mandarme una postal de felicitación.

»Habíamos llevado una vida de engaño. Saliendo de viaje a escondidas, yo sin ejercer de padre, el padre que de verdad necesitaba mi hija. No pudimos siquiera pasear todos juntos por algún parque como una familia normal.  Era una vida extraña y dura, sobre todo para mi mujer… Fui durante años un marido a medias, un padre a medias y, tal vez, un cura a medias. Mi vocación de sacerdote sin embargo nunca desfalleció. Quería a mi familia pero también a mi parroquia. Mi mujer se sacrificó y aceptó aquel papel secundario, aunque nunca sumiso, de esposa secreta.

–¿Nunca sospecharon sus parroquianos? –pregunté extrañado de que un secreto como ese nunca saliera a la luz–  ¿Y la Iglesia?

–Antes de que Paloma enfermara, ya se oyeron rumores. Pero claro, nosotros fuimos los últimos en saberlo. Quiero decir, yo solo; pues mi mujer nunca lo supo. Un cura de la diócesis vino a visitarme y tuve que confesarme con él. No hizo falta nada más. Ella murió antes del año y con ella los rumores.

El sacerdote volvió a remojar sus labios en el anís. Luego miró su reloj. La liquidez de sus ojos se había acentuado y el temblor en las manos también. Quise decir algo, pero comprendí que era mejor callar, seguir prestándole mi oído, acaso mi comprensión.

–En toda esta vida –prosiguió hablando con la mirada perdida–, de lo único que guardo resentimiento, es de no haberle dicho la verdad a mi hija… Ahí fui tan cobarde como cuando el apóstol Pedro negó por tres veces a Jesús. Pero todas las otras mentiras cometidas durante tantos años se las confesé al Único con quien debía justificar mi actitud ante la vida. Y su respuesta siempre me fue propicia.

–¿Y por qué no se lo dice ahora a su hija? Nunca es tarde.

–Ahora el muro es todavía más alto. Además, puede que piense que lo hago porque me siento viejo y necesito la ayuda de una hija.

–Pero se olvida de una cosa, padre. Ella también tiene derecho a saber quién es su verdadero padre.

–¡Calle! No insista –dijo casi gritando— ¿No entiende que ella ya lo sabe, pero recrimina mi cobardía con su indolencia, por no habérselo dicho personalmente?

Me quedé sin palabras. Pero ya imaginaba quien podía habérselo contado a la muchacha. Ese cura de la diócesis.

–Un día recibí una postal de Canarias. La mandó mi hija en su viaje de bodas… Ya ve, en un solo año se había muerto mi mujer (como una santa) y todo había acabado para mí de la peor manera. Me lo merecía. Me lo merezco. Por eso la vejez me ha devorado en pocos años. Y para colmo este sueño monstruoso que ahora he tenido, adonde los indios eran también cardenales y estos laceraban mi sexo como agravio. Nada tiene sentido… o acaso haya perdido la fe. –se lamentó incidiendo en mí con una mirada que costaba sostener.

–Joven, quiero que escriba mi historia pero no la publique hasta mi muerte… Sí, hasta mi muerte, que presiento perentoria. ¿Lo hará?

Al oír aquello advertí una sombra enfermiza eclipsando su semblante. Un rastro que ponía énfasis en las palabras “perentoria” y “muerte”, como si ésta no distara mucho de acontecer.

–Me impresiona lo que dice –respondí–. Yo lo encuentro aún con mucho brío, vamos, con carrete para rato. Y permítame ahora que le diga lo que yo pienso. Yo en su lugar no sé lo que haría, pero desde aquí, desde este lado de la mesa, creo que lo mejor que podría hacer usted es llamar a su hija, contárselo todo y darle un abrazo. Tal vez ella lo siga esperando.

El viejo sacerdote ya no volvió a abrir la boca. En ese momento, sin mirar siquiera su reloj, se levantó extendiéndome la mano que estreché con más aplomo que viveza.

–Ricardo –dijo de nuevo–, me llamo Ricardo, Joven.

–¡Ricardo! ¡Qué casualidad! Igual que yo—me sorprendió aquel guiño de la providencia–. Gracias tocayo.

 Sin más demora, se marchó con su andar cansino. Llevaba su pequeño bolso bajo la axila, la negra boina cubriendo su tonsura y un halo de misterio y pesadumbre que no sé si podré plasmar cuando escriba sobre tan peculiar revelación; y eso, si es que llegan a surgir las palabras dichas y oídas durante aquellas dos tardes de inicios de otoño.

franjamares, mayo de 2016.

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3 respuestas a El célibe desposado (relato sobre un cura casado, 2ª parte)

  1. Luisa dijo:

    El amor es universal, el sexo, fisiológico, como cualquier necesidad del cuerpo humano. Si no nos ponemos un corcho en el culo…Por qué ponerlo en el sexo?

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  2. franjamares dijo:

    Gracias Luisa por tus textos y comentarios. Saber que alguien con sensibilidad y criterio te lee del otro lado es un estímulo y un consuelo.

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  3. Luisa dijo:

    Siempre te leo, incluso sin comentarios . Continua!

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