El célibe desposado (Relato sobre un cura casado)


El papa Francisco deja “la puerta abierta” a que los curas se puedan casar

“Al no ser un dogma de fe, siempre está la puerta abierta”, dice el pontífice...

El célibe desposado (primera parte)

curas-jubiladosLo conocí en Granada. Acudía a diario a la misma cafetería que yo, y solía tomar casi siempre la misma mesa en un rincón junto a la máquina de tabaco, desde donde se divisaba el movimiento de la calleja de atrás. Allí dejaba transcurrir casi toda la tarde. Era un cura sexagenario, alto y enjuto, con las manos algo trémulas y la mirada líquida y curiosa. Invariablemente permanecía ocupado en alguna lectura o tomando notas sobre un pequeño cuaderno.

Una tarde me decidí y me acerqué a su mesa. Tras presentarme, el clérigo me recibió con asombrosa llaneza, como si ya esperase mi visita; y me ofreció sin más tomar asiento.

–¿Es usted escritor o periodista, joven? –preguntó enseguida.

–Soy estudiante de Filología y me gusta escribir –contesté observando más de cerca y mejor su rostro, lívido y arrugado, mientras un leve dulzor de aguardiente flotaba en su aliento (la apurada copa sobre la mesa lo delataba) y una veta de alcanfor y cera de iglesia parecía surgir de su oscuro ropaje.

–Quizá sea usted entonces la persona que necesito o, mejor dicho, la que estaba esperando. Tengo una historia que contar, algo íntimo… un relato de mi propia vida… No crea, yo también lo he estado observando… –su sonrisa heló mi sangre– y sé que puedo contar con usted, sus manos son grandes y sus ojos sinceros…

– Si usted lo dice –declaré por decir algo.

Miró entonces hacia la calleja, viendo a la gente que pasaba, adultos y niños, hombres y mujeres, cada cual a sus cosas y su destino. Entonces, con la complicidad propia de alguien con quien te uniera una vieja amistad, comenzó a charlar modulando una voz grave y elocuente. Y menos mal que su verbo era así, porque aquello que narraba era cuanto menos desquiciante.

–Los tremendos indios sioux y arapahoes, que luchaban juntos, vestían lobas bermejas o púrpura y anillos con sólidos sellos de oro ornamentaban sus dedos amenazantes; unos montaban a caballo, otros iban en carrozas; unos lanzaban flechas de fuego, otros jabalinas de plata. Eran una extraña mezcla entre dignos jerarcas de la Curia vaticana y fieros indios de las praderas de Montana. Aquel ejército de enfurecidos diablos rojos con sotana, con sus rostros ajados y atezados por los vientos, habían dejado a su paso un reguero de sangre, sangre de mis compañeros: una horrible masacre. Hombres mutilados (a algunos les habían cercenado las orejas), exánimes y desnudos, con sus cabelleras arrancadas. Yo era uno de ellos, sentía el ultraje y el horror en mi cuerpo; tenía un disparo en la sien, otro en el pecho y estaba sentado, agonizaba entre estertores, o ya muerto y despojado, con el cráneo al descubierto y con una flecha clavada en el pene… sí, en el pene –reiteró el cura que observaba en mis ojos el inopinado espanto de quien escucha a un loco–, al modo cheyén

–Vaya sueñecito –solté distendidamente.

–Ni que lo diga… Sin embargo, aquella escena tan salvaje la vivía con crudeza pero también con cierta seguridad, por tener la conciencia, dentro del sueño, de que eso era todo: un sueño, una horrenda pesadilla.

–Menos mal.

–Y con tanto meneo me desperté bruscamente, muy excitado. Aquella vivencia en sueños que acababa de sufrir, debía tener alguna explicación; y, créame, no dejaba de reflexionar sobre ello…

El enigmático cura se puso a cavilar por unos instantes, lapso en que pensé en un libraco con el que me topaba siempre por casa: lo encontraba sobre el lavabo del servicio, encima de un radiador, sobre el microondas… Sus pastas ocres delataban solo su título y su autor: “La interpretación de los sueños”, Sigmund Freud. Y es que mi compañero de piso (estudiante de psicología) andaba leyéndolo sin premura alguna, como uno de esos sueños repetidos, que pueden acabar en pesadilla.

–Tal vez poseía para mí –dijo ahora el sacerdote como si buscara en las antípodas de su mente– un doble motivo. Dos asuntos que últimamente me habían venido afectando; el uno, más antiguo, casi tan viejo como yo mismo, de una manera profunda y constante; el otro sólo parece ser el resultado de mi última lectura, un librito que me enganchó. El primer asunto era el fondo del sueño y el segundo acaso la forma. El fondo señalaba mi difícil situación dentro de la Iglesia, de ahí quizá la doble identidad de los indios, también jerarcas episcopales, con sus lujosas lobas carmesí y sus gruesos anillos de oro. La morfología extraña del sueño (la escena) era el retrato de los fieros pieles rojas luchando encarnizadamente con sus flechas y hachas de siempre y con sus flamantes armas de fuego.

 »Aquella misma noche me había quedado dormido leyendo un emocionante libro sobre Mark Kellogg, el reportero que en 1876 murió junto al general Custer y su batallón de unos 225 hombres, en la terrible batalla de Little Bib Horne. “El hombre que hace hablar al papel”, como figuradamente lo llamaban los indios, tomó, en aquella jornada de la contienda, un día de junio tórrido y ceniciento, algunas notas de lo que iba a ser su gran reportaje, pero no pudo acabarlo. Cayó con el pequeño grupo en el que iba en una emboscada urdida por los guerreros de Caballo Loco, poco antes de que el resto del Séptimo de Caballería fuera también presa de la furia india. Me impresionó la forma en que los pieles rojas abandonaron los cuerpos de los soldados ya abatidos. Los dejaron desnudos y con sus cabelleras arrancadas. El reportero fue el único al que le respetaron los atuendos, acaso porque sabían que no era militar. Pero lo peor fue el ultraje al cuerpo del general Custer, a quien, además, le habían hincado una flecha por el falo (el símbolo del poder, no sólo para los indios), como la más humillante de las afrentas. En mi sueño yo había tomado el papel de Custer, viéndome herido y deshonrado en mi propio sexo. Tal vez porque me sentía y me siento merecedor de un castigo por haber violado mis votos de castidad; punición que fue simbolizada de este modo, tal vez por la impresión que me había causado la lectura del libro de la masacre de Little Big Horne.

Aquella infracción de sus votos de casticidad lo había mencionado el cura de pasada, como si nada; pero su garganta y su ánimo pronto acusaron tal confesión. Así que llamó a la camarera y le pidió otra copita de aguardiente, invitándome a que yo tomara lo que quisiera.

–Un café solo, por favor –demandé de la camarera esperando que la cafeína prendiera las luces de mi cerebro.

–Sí. Había profanado un juramento –prosiguió el cura tras beber de su copita, mostrando su índice más tieso que nunca entre las vaharadas dulces y acres de su respiración–. No podía ser casto ni célibe y al mismo tiempo poseer la fuerza necesaria para seguir viviendo como dador de la palabra de Jesucristo, nuestro Señor, de Dios, como sacerdote de la Iglesia Católica. La llamada del Espíritu Santo, había golpeado mis sienes desde pequeño hinchando mi corazón de gozo y amor al sentir una fe que nacía en mí y moraba en cuantos me rodeaban. Quería vivir la palabra de Cristo de veras; no era sólo una vocación emanada de la tradición de la familia a la que pertenezco, una estirpe vinculada desde siempre al seminario y al Clero.

 »Entiendo que ser un hombre integral significa tener también sexo; aunque esto para mí haya sido siempre lo de menos. Yo amaba a mi mujer, como persona y también como mujer. El sexo, si está ligado al sentimiento puro, es importante porque une más a la pareja… tanto que en ese mágico momento se acaba siendo uno solo. ¡Y eso mismo es el santo sacramento del matrimonio! –dijo casi gritando–: ¡Hacer de dos carnes una y de dos almas una sola!

Una mujer que se había acercado a sacar tabaco de la máquina, al oír el arrebato del sacerdote, miró hacia nosotros extrañada, pero pronto esbozó media sonrisa, como si ya conociera al importante orador. El cual, como respuesta, esbozó para ella un cumplido gesto de saludo.

–Yo conocí a mi esposa siendo ya sacerdote –reanudó bajando el volumen, mientras veía marchar de espaldas a la mujer del tabaco, que vestía un ceñido pantalón vaquero–. Por entonces, un clérigo abatido y depresivo llenos de reproches internos a ese juramento que me coartaba como individuo al vetarme como hombre… ¿Para qué sirve el celibato obligatorio? –Volvió a subir el tono–. En la antigüedad los sacerdotes podían casarse y tener hijos, llevar una vida cristiana en el seno de la institución primordial del Cristianismo: la familia, la propia familia del sacerdote. Posteriormente, ya en la edad media, en uno de los concilios se impuso el celibato obligatorio. Tal vez fuera por intereses económicos: así se evitaba que los bienes legados por un clérigo desaparecido pudieran recaer en su mujer y sus hijos, revirtiendo todo en la Iglesia. O acaso fuera por la lucha implacable contra las pasiones y tentaciones de la carne, tan auspiciada en esos años y los postreros por el Santo Oficio. Quizás el hombre despojado del peso de la carne y las pasiones de hombre por decisión libre y voluntaria, logre que su espíritu, como un globo sin lastre, pueda elevarse mucho más y alcanzar la beatitud y el ascetismo, no sin años de desapego y oración… Tal vez eso sirva para algunos… pero para muchos otros no.

–Una vez leí, no recuerdo dónde –dije notando las chiribitas del café en mis propias mientes–,  que “el cuerpo es el recipiente del alma”. Vamos, que es tan santo como el propio espíritu…

–Cierto, muchacho, pero un sacerdote no tiene por qué ser un santo, y tampoco parecerlo. Un cura ha de ser ante todo una persona. Y quiero mentar al hombre y a la mujer, pues ¿por qué no puede haber también sacerdotisas? Tiene que ser alguien que viva con el ejemplo que Jesús nos mostró y por el que venció a la muerte por nosotros. Un modelo de vida que se resume en el amor a Dios y al prójimo como a uno mismo. Y si mi mujer también era mi prójimo, ¿por qué no podía amarla entonces?, ¿por qué no iba a poder amarla como a una esposa, como a la persona que junto a mí se fundía en la unidad de una sola? Unión que, a resultas, obtuvo como fruto su bendición: una niña hermosísima, producto del amor cristiano.

El sacerdote se calló de pronto. Sacó del interior de su negra chaqueta un viejo reloj dorado que pendía de una cadenilla y miró la hora; seguidamente me dirigió sus corneas húmedas mientras se guardaba el reloj y puso un billete sobre la mesa.

–Ahora tengo que marcharme, los asuntos de la parroquia me reclaman. Mañana a las cinco, como usted bien sabe, me tendrá aquí, en esta misma mesa; seguiremos entonces con mi historia…

–Aquí estaré sin falta. Pero… aún no conozco su nombre.

–Cierto. Joven… pero yo ya me he olvidado del suyo, así que estamos igualados. Hasta mañana, muchacho.

–Adiós, padre.

El cura se levantó despacio y salió con paso lento de la cafetería. Llevaba un pequeño bolso de mano bajo el brazo adonde había guardado su libro y una oscura boina que se caló justo antes de salir a la calle.

El testimonio de aquel viejo clérigo me llevó a la reflexión durante gran parte de la noche. Estuve pensando sobre la espinosa cuestión del celibato; asunto del que últimamente había oído y leído comentarios en varios medios de comunicación. Se decía que cuantiosos sectores del sacerdocio de varios países, con miles de firmas como aval, pedían la aprobación por parte de Roma del celibato voluntario. Los más activos eran los norteamericanos, tal vez para paliar de ese modo los encarnizados casos de abusos sexuales acaecidos allá durante los últimos años. Pero las altas jerarquías vaticanas habían preferido esperar. Seguir dilatando el debate sobre el celibato voluntario, una postura ampliamente apoyada no sólo por los firmantes de los alegatos, sino también, aunque de un modo soterrado, por una inmensa mayoría de clérigos. En última instancia, el nuevo papa Francisco ha dejado entrever que bajo su mandato podría desbloquearse el asunto (no es un dogma de fe, ha aseverado), existiendo bastantes posibilidades de que pronto quede aceptado y entonces el mundo entero pueda ver a los primeros curas casados desde tiempo inmemorial.

 Fco. Javier Martín FrancoFranjamares, abril de 2016.

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Una respuesta a El célibe desposado (Relato sobre un cura casado)

  1. Luisa dijo:

    Come viene a la memoria aquella historia que contaron las olas del mar y las veletas del viento, en las bocas de perdidas ilusiones de mujeres sin amor y sin sexo….

    Todo occurrio de noche, sin luna, sobre su moto en el pueblo. Se santiguoo el cura, ante Santa Rita, abogada de lo imposible, tomoo a su Paloma y galoparon sin parar hasta el Norte, donde escondioo su sotana, se cubrioo hasta los ojos con una boina vasca y esperaron sin prisa, para amarse frente a las olas y el viento, a su pequena Maria, Paloma, Viento, Secreto, Olvido, de la Santa Inocencia. Que asi fue bautizada, banjo un olivo viejo.

    Thank you for the memories….

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