Minirrelatos


Elevamos sueños perdidosOLYMPUS DIGITAL CAMERA

Voy a la zaga de los dolientes tras el ataúd. Ha muerto un amigo, alguien demasiado joven para morir, y no siento pena sino vacío: el que da la Pelona cuando trinca a uno de tu entorno y te deja desnudo por dentro y vestido de negro por fuera. El cortejo se detiene frente al muro de tumbas. Un sonido surge de pronto del seno de este silencio de duelo. Toques de corneta antes del himno. Cuando por fin suena el chinda, ya saben todos de dónde procede. Entre el disimulo general ha cesado la sintonía. ¿Última llamada perdida? En un nicho del quinto piso (elevamos sueños perdidos) se procede sin más al sepelio.

La llavellave-m-pineda

La llave, sin saber nadie como, se cayó de su alcayata. Impactó contra el suelo y saltó desviada hasta caer por el abismo del sumidero. Decían que era la última llave y ahora todas las puertas estarían cerradas. Había sido la llave maestra y ahora es la llave perdida. Las cerraduras permanecen sólidas y bloqueadas guardando los secretos de la vida.

De pronto alguien dice: “oíd todos, ¿es que no lo veis? No hay ni puertas, ni muros, ni cadenas…”. Nadie le hace caso, pero él sigue hablando, y su voz es un soplo de aire caliente que recorre los tejados de la ciudad elevando sueños.

El incendio de Romagran-incendio-de-roma1

Las llamas del gran incendio que consumía a la pérfida Babilonia, nido de oprobio y de pecado, de prostitución de todo tipo y de todo tipo de usura, quemaron las últimas hojas de papiro que contenían las palabras del profeta. El Apocalipsis que había advertido, futuro inminente del imperio impío, ardía junto a las casas, animales y personas de su gloriosa capital.

¿Quién prendió la mecha? Eso parecía ser en la catástrofe lo de menos. Para unos sería éste, para otros aquellos. El oxígeno, combustible universal, hacía arder con la misma imparcialidad las casas del arrabal que los lujosos palacios y templos. Al cabo, sobre las ascuas de infames y mártires, refulgiría con más fuerza aún el Imperio.

Pintando huevoshuevos-rotos_2464652

 A Luis le gustaba pintar. Veía el mundo desde una óptica muy cromática, donde los colores predominaban sobre las formas. Los pigmentos que usaba en sus obras solían ser colores primarios y además lo prefería en polvo. En las disoluciones y  mezclas solía usar el agua, así como aceites y trementinas, pero el resultado nunca parecía ser el deseado. Jamás llegaba a la viveza de los colores sensibles, mucho menos a la magia de los que concebía en su activa imaginación.

Un día le vino la solución como caída del cielo, del cielo de la boca de su amigo Juan (en este caso), pues éste, en una sobremesa, experto como era en soltar chascarros, ocurrencias y chistes, le dio por contar el de la sopa y los dos mariquitas. Uno le pregunta al otro, “¿Oye, tú cómo te tomas la sopa?” “Yo, con un huevo dentro.” “¡Ojú qué postura más difícil!”.

A Luís, con la risa, se le iluminó la mirada. Todo lo imaginaba ahora con la textura y contraste que la clara del huevo le proporcionaría a la solución y mezcla de sus pigmentos, y a sus laboriosos cuadros, donde quería atrapar la luz que, con su propia cadencia, vibra en todas los colores del mundo, del mundo de los sentidos y de aquel que albergaba en sus fantasías

El tertuliano invitadopaperman1_

 La reunión era a las nueve de la noche. Pero el inicio de la misma, tratándose de españoles, siempre se demoraba de media a una hora. Ese día Vicente, a quien había invitado uno de los miembros de aquella inusual tertulia, decidió asistir. Y no porque estuviera aburrido, sino porque no tenía nada mejor que hacer. Pensó que como era su primer día no llegaría demasiado temprano, tampoco excesivamente tarde, así que las 9,30 en punto, ya estaba frente al portal del edificio donde tenían la sala de reuniones. Llamó al portero automático pero nadie le contestó. Esperó unos minutos y nadie aparecía con la intención de entrar en el inmueble. Al cuarto de hora de titubeante espera, apareció un hombre mayor del que tiraba un perrito con su correa. Ninguno de los dos resultó ser de la tertulia. Comprobó el día por si acaso: viernes, el día señalado, y volvió a llamar. Nada. Al cabo de media hora, se marchó intrigado más que defraudado.

El tertuliano invitado fue el único que asistió ese día a la reunión.

Franjamares, 2016.

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