EL COLLAR DE LA MEMORIA (2014), DE FRANCISCO JAVIER MARTÍN FRANCO. A LA SOMBRA DEL GRANADO.


Nueva reseña de mi última novela “El Collar de la memoria” a cargo de Miguel Ángel Jiménez Guerra, publicada en su interesante Blog El hogar de las palabras.

Para un amante de la historia vivir en Andalucía constituye un aliciente excepcional. Pocas tierras han visto pasar a tantas civilizaciones. Cuando uno viaja por sus villas y ciudades, no es raro encontrar vestigios romanos o árabes, dos de los pueblos que más siglos estuvieron por aquí. El caso del dominio musulmán provoca una especial fascinación, sobre todo cuando uno visita la Alhambra, una de las maravillas del mundo o se asoma a las ruinas de Medina Azahara y se imagina el esplendor del que debió gozar aquel lugar, cuando Córdoba era una de las ciudades política y culturalmente más importantes del mundo. Pero si hay un periodo que ha interesado a historiadores y novelistas ha sido el de la decadencia del mundo musulmán en Al-Andalus, una decadencia que duró siglos, pasó por diversas etapas y acabó con la rendición de la ciudad de Granada, todo un símbolo que ha sido utilizado, muchas veces abusivamente, como una especie de apoteosis de la Españaauténtica, aquella que solo puede ser católica, imperial e intolerante con otras religiones o ideas.

El protagonista de El collar de la memoria nace en un mundo y ha de desenvolver su vida en otro muy distinto, un mundo en transición, en el que él pertenece a los derrotados, por lo que a muy temprana edad ha de experimentar la humillación de cristianizar su nombre para adaptarse a una sociedad en la que se valora mucho más ser castellano viejo que el talento personal. Así, Abû Bakr pasa a ser Rafael Torres, aunque en su interior conserve sus raíces musulmanas. Es más, Rafael no se conforma con la doctrina establecida, sino que pretende profundizar en los fundamentos de la fe religiosa, acercándose a los principios del sufismo, la versión más espiritual, tolerante y trascendente del islam, lo que lo convierte en un heterodoxo, un hombre muy peligroso para el naciente Estado. Su filosofía ante la existencia puede resumirse en estos hermosos principios:

“Sentí que la esencia que late tras las cosas y personas no es nunca lo mero aparente, que la vida es como un sueño en el que sientes que todo es real, algo establecido para el que sueña y que lo va llevando por la vida sin voluntad verdadera; que el secreto de vivir empieza por observarse a uno mismo en cada momento, en ser actor y observador a la vez, en una suerte de vivir viviendo, en gerundio, como diría un gramático, vivir sin estar determinado ni por el tiempo, el modo, el número ni la persona, entendida esta última en su etimología griega de máscara del actor, personaje, un personaje que habría de ser persona al servicio consciente de la esencia. Pero es tan difícil intuir siquiera la esencia cuando se vive como todos vivimos, sujetos a una obtusa y férrea usanza establecida, pobre de verdades y rica de vanaglorias, un mundo dual, de contrastes, puesto adrede del revés.

Atenerse a esta búsqueda no va a ser fácil en una época en la que los Reyes Católicos han consolidado su poder y empiezan a aplicar una política de intolerancia que dará muy pronto al traste con la convivencia que, con sus altibajos, había sido una constante entre judíos, musulmanes y cristianos hasta entonces. El impacto que estas medidas van a tener en miles de familias va a ser enorme: muchas seguirán practicando su religión en secreto, otras optarán por el exilio y quienes se vuelven cristianos con una mezcla de interés y devoción pronto advierten que no están en pie de igualdad con los conquistadores. Más bien serán continuos objetos de sospecha. El Tribunal de la Inquisición, creado para velar por la pureza de la fe va a ser la amenaza más evidente para estos nuevos creyentes, algo que el propio Rafael Torres va a sufrir en sus carnes. A pesar de todo, su pensamiento seguirá siendo puro, anhelante de tolerancia:

“- Cristiano, musulmán… – dije yo compartiendo su sentir – … Si te detienes a meditar, son lo mismo en el fondo. Los dogmas y las doctrinas que erigen presto los hombres, por intereses, son lo que al cabo nos separa. Cristo significa en griego “ungido”, y el ungido, como oí decir al maestro Mustafá, ¿no es musulmán el que en su viaje espiritual recibe la llovizna como regalo de la misma fuente del Creador?

– En todas las religiones hay personas buenas, que se afanan por la gente sin darse cuenta siquiera; y gente abyecta que sólo busca el beneficio propio a costa siempre de los demás. Ésa es la única verdad.”

El collar de la memoria puede leerse como la crónica íntima de una época fascinante. Uno de los aspectos que me ha interesado más de la novela es la movilidad del protagonista, siempre a merced de una fortuna cambiante. Es curioso que Torres llegue a ser servidor de Francisco de los Cobos, un personaje sobre el que leí hace poco en el ensayo de Bartolomé Bennassar, Los españoles, actitudes y mentalidad del siglo XV al XIX, un hombre nacido de una familia hidalga humilde que ascendió socialmente hasta convertirse en el Secretario de Estado del emperador Carlos V.

No cabe sino felicitar a Francisco Javier por haber concebido una novela tan bien proporcionada en acción y reflexión y que le ha hecho crecer una vez más como escritor. A su profundo conocimiento de las vicisitudes y pensamiento de la época se une una cada vez más evidente maestría literaria: se nota que esta historia llevaba tiempo rondándole y cuando por fin la ha plasmado sobre el papel lo ha hecho con un cariño inmenso por su personaje y por los escenarios por los que se mueve, sobre todo ese eje Granada-Almuñecar. Para mí ha sido una gozosa cuenta más en el collar de mis lecturas, tal y como me sugiere en su generosa dedicatoria.

Fuente:http://elhogardelaspalabras.blogspot.com.es/2014/10/el-collar-de-la-memoria-2014-de.html

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