La pisá la vaca (relato de vereno)


Foto0023Abel ha quedado por la tarde con sus amigos. Una tarde de playa, de esas larguísimas y calurosas, en las que el viento se ha dormido y el sol despierta su ira de rallos y arranca del suelo una cortina tremulante, un vaporcillo fatuo sobre una arena que quema como el pavimento del infierno; y si miras a través de él, cambia las cosas de forma como en un espejo mágico. Se arremolinan los niños en haces hasta ocupar la roca con uno de los pinos más bajos de los que cubren el Peñón con sus troncos fatigados y sus ramas exhaustas de un verde desvaído. Los muchachos dejan las zapatillas en hilera sobre las piedras, hacen montoncitos con sus camisetas, bajan hasta la playa, que todos llaman La pisá la vaca, y van saltando al agua desde lo alto de una roca negra cortado a plomo. El agua se los traga uno tras otro con un sonido sordo que estalla junto a la espuma. Abel, que ha llegado adrede un poco más tarde, los observa desde la peña en donde dejaron calzado y camisetas.

Solo hay para ellos mar y piedras, sol y pájaros, peces y erizos, agua salada hasta el estómago y mocos dulces diluidos en las perlas de agua transparente sobra la cara de inocencia. Es la edad de beberse el mundo, y de tragar algún que otro trago de mar.

Pero no todo es inocencia en este baño vespertino. Es de todos manifiesto que la necesidad constriñe a demasiadas familias, que la falta de trabajo es una realidad desesperante, una faena propiciada, una de esas trampas que te hacen pasar de la vida holgada, globalizada, pero endeudada, hasta el barranco más profundo y desolado que muchos recuerdan; bueno el chico solo tiene once años, pero sus padres ya pasan de los cuarenta. Abel, sabe lo que necesita, y sabe que sus progenitores no pueden comprárselo. Aprovecha la distracción del baño, deja sus viejas zapatillas en el lugar de otras de su mismo número, pero nuevas, se las calza como si fueran propias, y sale de allí acalorado y nervioso, acosado por la fusta de un sol inclemente. Cómo le hubiera gustado unirse a la fiesta del baño. Cómo le hubiera gustado subir a las rocas y buscar erizos. Sin embargo, sale corriendo sobre la arena ardiente como ladrón perseguido, cual pícaro, a pesar de que nadie haya reparado en él.

Si estuviera en Inglaterra sería la hora del té, pero como está en Andalucía, no es sino la hora de la siesta; el lapso perfecto para ir al chalet de don Tomás, a pocos metros de la playa. Por la parte de atrás hay una verja fácil de saltar que da al jardín, descuidado y agreste, donde crece una frondosa higuera. Sube por el tronco como un gato gracias a sus nuevas zapatillas, y se encarama a una de las ramas con la intención de coger todas las brevas que quepan en una bolsa que lleva preparada. Misión cumplida. Los higos negros hinchan el plástico anudado cuando vuelve a saltar la valla, pero con la mala fortuna de caer sobre un charco de barro, del que una de sus zapatillas sale manchada. Así abandona la zona con dirección al barrio del Castillo, raudo y sin mirar atrás, donde queda delatora la huella de su pequeño asalto.

En su casa no hay nadie, su padre estará en la taberna echando la partida de paulo con los amigos, su madre habrá ido a casa de la abuela en el barrio de los Marinos, de donde traerá algo de dinero o de comida, sisados del pozo seco de la pensión de la vieja. Pero su hermano mayor baja de la azotea cuando Abel suelta la bolsa de brevas sobre la mesa camilla del comedor.

–De dónde has sacado eso.

El silencio se hace más denso a causa del bochorno dentro de la casa. Una nueva pregunta sale de los labios de su hermano.

–¿Y esas zapatillas?

Abel evita una vez más la respuesta y sale corriendo a grandes zancadas. “¡A mamá vas a ir!”, suenan las palabras de amenaza de su hermano al tiempo que Abel dobla la esquina de su calle y toma la que baja empinada hasta la Plaza. Abajo unos guiris en bermudas sonríen para la foto y otro niño de su misma edad, arrastra un carrito con una nevera de playa cargada de hielo y latas de refrescos. Le dicen el Rumano y lo conoce del colegio, pero no se saludan; mientras mira sus zapatillas viejas, le viene la coplilla que el Rumano entona a diario en la playa: “Agua, cerveza, cola, tinto-verano, patatas fritas, pipas”. Sufre entonces una extraña convulsión, un fuego interno que arrebata su cuerpo menudo y su cabeza de pelo negro. Sale corriendo otra vez hacia la playa, y vuelve a subir la peña del pino frente a La pisá  la vaca. Allí siguen las zapatillas y las camisetas de sus amigos; se despoja de lo suyo, baja a la playa, sube a la roca negra, y se lanza de cabeza al agua cristalina media hora después que ellos. Éstos ya regresan de los peñones con erizos en las manos, los juntan sobre las chinas de la playa y siguen con el baño junto a Abel.

–¿Dónde te has metido? –le pregunta uno.

–He ido a coger brevas para mi madre.

Una hora más tarde, con el sol todavía a dos palmos del horizonte, vuelven los niños en bandada hasta la peña. Allí cada uno se calza sus zapatillas. Abel sigue viendo las suyas tan viajas como siempre, pero ahora está tranquilo en medio de sus amigos.

Cuando todo parecía rehecho, uno de los niños lanza una voz de acusica:

-Juli, Abel se ha llevao tus zapatillas y las ha manchao de barro.

Julio no contesta, parece distraído viendo el montón de erizos moverse como a cámara lenta.

Franjamares, agosto de 2014

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2 respuestas a La pisá la vaca (relato de vereno)

  1. maluisa3 dijo:

    La pluma bipolar que sostenemos en la mano, deja un dulzor amargo de ignorancia o, inteligencia cultivada que nos fascina por un momento. Luego, pasamos la hoja del libro y…”a otra cosa, mariposa”

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    • franjamares dijo:

      Ciertamente, nuestra asignatura pendiente tal vez sea la coherencia. La literatura acaso nos acerque a ella. Gracias María Luisa por leer las cosas de este blog. Un saludo desde Almuñécar.

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