Con el bolígrafo en la mano


boligrafo¿De veras crees que las cosas que creemos importantes en la vida lo son? Solemos buscar la felicidad para devorarla a dos carrillos, pero casi siempre no hallamos sino un goce fugaz y el agujero resultante de la frustración. Sabemos que el placer adopta distintas formas, siendo en el fondo una sola: la reparación de nuestra insoportable soledad. La soledad de nuestra mente aislada. Lo perseguimos por ello en el tesoro de otras personas (muchas veces como auténticos vampiros), en desnudos bienes de consumo o metiendo aventuradamente las dos patas en alguna fronda de hedonismo.

Al final siempre es la misma deuda: el sustituto de la endorfina primera, de la primera teta; un sustrato del amor de mamá no comprendido ni superado; ese regusto en el paladar de la mente que con ahínco buscamos en soledad y cuya música siempre es tocada para el recuerdo. Tentado por esta nostalgia, conjurándola para eliminar lo absurdo de una vida aparentemente llena pero vana, en la cadencia del presente, como un observador consciente, es quizá cuando sientes que puedes vivir de veras; es decir: que puedes aceptar y aceptarte; que formas parte de una misma familia humana; que aprendes del mundo que te rodea para conocerte a ti mismo; que notas que algo mágico te inspira, que ves y admiras la belleza de las cosas… Y, sobre todo, que puedes y tienes el deber de amar y de sentirte amado.

Un amigo de noventa años me dijo una vez que el amor –y no únicamente el tiempo que dura un idilio, o el más dilatado de apego junto a otra persona, sino el amor abierto a todas las cosas, a la propia vida, a nosotros mismos–, hay que darlo sin prendas y saber recibirlo; sólo así hará a los hombres jóvenes, ya que la “vejez”, además de un periodo de declive físico, es, por encima de todo, un estado de ánimo.

Las cosas que sentimos que son las realmente importantes en la vida suelen ser las más sencillas y sinceras y, además, sólo comportan la dificultad del compromiso; por ello cuesta a veces distinguirlas tamizadas entre el ruido constante de la mente. A veces somos necios y vanidosos (entremos todos, ¡sálvese quien pueda!) en consecuencia, acabamos dando de lado a lo verdadero. Nos sentimos vulnerables. Creemos en la escasez y tenemos miedo de perder nuestras posesiones. Pensamos que casa de muchas puertas es difícil de guardar, sin damos cuenta de que salvo la propia vida, no hay nada más que proteger, sino el amor de los nuestros, la inocencia de nuestra alma y una mente abierta.

Apreciar por un lado la cara malvada de la condición humana, el monstruo del dolor y del miedo; por ejemplo: la crueldad indolente de un grupo de poder manejando su máquina criminal representado en los ojos enajenados de un mercenario cualquiera. Y por otro lado, impregnarse de lo real y sublime de la existencia: por ejemplo el olor de un recuerdo de infancia o la sonrisa de una niña… Ver este contraste del “bien” y del “mal”, haciendo de ello un acto de amor, un mensaje artístico, un esbozo de trascendencia, es ante todo un reto y, al mismo tiempo, un compromiso. Ese es el dilema trágico del arte, del tiempo, de la vida, y el secreto de su encanto: ¿sumisión consciente o indiferencia?

Podríamos citar algunas palabras de la biblia, u otras leyendas, como las del viejo oráculo egipcio de los destinos: las buenas obras de los hombres regularmente se escriben en arena, las malas son gravadas en mármol.

O las del profeta Muhammad: las letras son los signos de la tinta. Realmente no hay letras, sólo marcas de tinta. No digas que la tinta es letra. La tinta estaba cuando las letras no existían. Y no digas que las letras son la tinta. Las letras se van, solo queda la tinta.

Me levanto del sofá y apago la tele y pongo un bolígrafo en mi mano para escribir un poema a esta luz de junio, penetrante y auspiciadora del ciclo sucesivo y prodigioso de la vida, esta luz que alumbra las formas y colores también por dentro, a la que si miramos desde el silencio, con el corazón alerta, la sentimos más próxima a nosotros que nuestro corazón mismo. Es la luz que te muestra las puertas abiertas de una casa limpia, un mundo nuevo podemos ver sólo con la voluntad de verlo, donde la paz y la verdad ya nos invitan a vivir.

Un boli, por favor, con el que escribir y recitar este breve poema, este sueño del que el tiempo borrará primero la tinta y luego el rastro postrero del surco, pero cuyo eco trascendental seguirá sonando siempre entre un latido y otro del universo.

Franjamares, junio de 2014. Tertulia DeNerja.

 

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Una respuesta a Con el bolígrafo en la mano

  1. m.carmen dijo:

    sencillo,profundo,bonito

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