Agua y guadaña


Las olas se suceden briosas,
se encumbran sus crestas de espuma, sopla el viento
y en el seno de cada rizo, murmuran las piedras del rebalaje,
calla el cristal de la arena lisa, radiante…
 
Una, otra y otra… siempre nacen y mueren olas sin parar,
sin descanso. Al hâraka, Bâraka*.
Es el latido del mar y uno de los ecos del tiempo.
 
Anochece. Sobre la inmensa llanura de agua
la hoz creciente de  la luna riela en un sendero de luz,
desde la orilla al horizonte;
Cauce argenta y secreto:
Invisible fuerza que bate las mareas, se nutre de la vida.
 
Todos llevamos un pedazo de mar azul dentro.
Todos poseemos un trozo de naturaleza porque
estamos hechos de agua y tierra.
En ese lienzo de barro está la esencia de cuanto somos.
Nadie puede librarse de esta sensación primaria
que habita en el lado antiguo del alma;
es la fitrah*, que la sentimos sin poder evitarlo
o que buscamos disfrazada de artificio.
 
Los vergeles del Edén son las copas del Paraíso,
donde el hombre a instancia de Dios
se siente feliz o infeliz sin saberlo.
La voz poderosa de un demiurgo llamado deseo,
el reptar de una serpiente interior de bífida lengua,
la sazón de una fruta prohibida y misteriosa…
sacan a la mujer y al hombre de ese paraje instintivo,
que queda confinado, latente, dentro del alma,
esencia natural que nos da fin y origen.
 
De pronto se nos abren por vez primera los sentidos,
quedamos vagando por el receloso desierto del bien y del mal,
buscamos quiénes somos, expuestos a culpas y pecados
que alguien enseguida patenta.
El miedo se hace magia y ésta religión
y cuando Dios surge por entre una estampida de bisontes,
ya algunos recolectan semillas
y otros sueñan con jardines de Babilonia y grandes pirámides.
 
Mas la historia (y sus profetas)
nos trae el éxodo del retorno a un único Dios,
(que algunos confunden con el becerro de oro).
Los mercantilistas de la religión,
siglos después de su vida y su mensaje,
llevan a Jesús y su palabra al huerto de los olivos.
quieren crucificarnos para siempre…
Y acaso lo consiguen.
 
Algunos hombres son elegidos, descuartizados y,
repuestas de luz sus entrañas,
renacen de la muerte en la vida.
Uno de ellos es Muhammad.
En el desierto, donde brotan espejismos y revelaciones,
este profeta analfabeto que habla con las piedras
y con su camello, recita el nuevo Libro.
Se nos abre entonces un sendero de aspecto angosto
pero tan vasto como todos los mundos,
un modo de reconocernos, alertas a la vida,
esponjados al conocimiento
sometidos a la salvaguarda y la paz.
 
En el siglo de las luces (sin duda meros reflejos)
El gran filósofo sufre un sueño místico
y descarta la magia bajo el prisma de la razón.
Primero pienso, luego ex-isto.
Se raciona la mente con la dieta de la duda
y la materialidad.
Surge imponente el infalible dogma moderno de la Ciencia
y luego (avatares de la masonería)
su concubina: la diosa del capital.
 
Pero es en el humilde huerto del abuelo,
entre cuyas glebas asoman ojos de hortalizas tiernas,
donde siempre hemos sabido, a ciencia cierta,
que formamos parte de este prodigio de la siembra,
plantados en los caballones de la vida, sometidos a la realidad
desperezados del sueño de la vigilia
y anhelantes del recuerdo de lo que somos.
 
Las olas del Mediterráneo, las aguas siempre vivas,
siguen sucediéndose y el viento nos trae su humedad de yodo y sal.
El tiempo suena en el seno de cada una,
deja su rastro en la espuma y su flecha en el rugido de la siguiente,
bajo esta guadaña blanca.
 
Franjamares, septiembre, 2013.
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