El bosque


El hogar es el bosque. Un bosque redondo, lleno de tierra y vida, con enormes lagos salados, zonas glaciales y con desoladores desiertos; un bosque al que llaman Gaia. Ellos viven en su seno y, por así decirlo, de sus senos se alimentan, forman junto a toda esa variedad inagotable de la vida orgánica e inorgánica, lo que algunos llaman simbiosis y  suena al compás de la armonía.

Surgieron entonces, no se sabe de dónde ni cuándo, acaso de las sombras y grutas de cualquier laguna estigia, los astutos bípedos, que vieron el sol en la Luna y en su sombra, que no vieron cuan ciegos estaban, que tomaron un madero, tomaron una laja a la que le sacaron filo, la amarraron al madero… y algunos miles a años después ya tenían entre sus manos una potente motosierra, cuando no un preciso fusil.

El bosque no tuvo otro remedio que abrirse a su atílico paso, mostrando luego zonas baldías, calveros producidos a golpe limpio de motosierra, espacios robados a la naturaleza y puestos en usufructo de unos pocos de ellos, gente deshumanizada, a la que le hicieron sentir empoderada, criaturas que como todas eran miedosas y muy obedientes de la ambición, rasgo sintomático de quien se percibe separado del bosque, separado de la fuente de todos los bosques y de las estrellas, y víctima de sus atávicos peligros.

Para ello, para justificar esta enfermedad y aquilatar por siglos un poder de piedra, de hierro y silicio, se ideó un dogma de dogmas, no ya religioso, que estando en desuso era denostado, sino científico, de tesis universal y de sociedad elitista, una verdad axiomática donde las haya, una teo-ría donde al más apto se le imprime la herencia de la vida, la fortuna de la existencia, al más fuerte, al más despiadado. Al que supo talar tantos árboles como heridas hizo sobre la tierra, quien envenenó el aire y las aguas, al punto del exterminio, en la raya misma de la auto aniquilación.

Pero la fuente de todos los bosques sabe. Y en su danza por el cosmos ha entrado en una nueva estación, una música de unidad, tiempo para que cada cosa se sepa parte del Todo y lo viva de tal manera, de no hacer más juicios y mucho menos a la Naturaleza, donde el sujeto pasa a ser parte del gran y único Objeto. Un tiempo en que los habitantes del bosque habrán de soñar su propio despertar y luego experimentarlo,  redescubrirán su vida y verán el bosque con los ojos del Amor. Pues solo el Amor puede doblar la luz, desvaneciendo los resquicios de la propia sombra.

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