La vergüenza


El puro habano ha sido una gentileza de su amigo Andrés, Andresito que lleva tantos años rodando por América latina, con  empresas aquí y allá, siempre  a la búsqueda del negocio fácil y rentable. Cuba, Argentina, Brasil, Colombia… El empresario astuto ha de estar en el lugar y el momento adecuado, libre  de ataduras políticas, pero al servicio de los intereses que cuiden de los suyos. De vez en cuando hay que dejar caer un sobre por debajo de la mesa o un regalito generoso.

Ernesto ritualiza con el puro en la mano, le quita un pellizco de la punta y lo enciende aspirando rotundamente.

-Buen puro, Andresito; siempre te superas a ti mismo -le comenta Ernesto a su amigo con un gesto de satisfacción dibujado en el rostro.

-Disfruta amigo, disfruta; aunque las noticias que traigo no acompañan el momento -apunta Andrés con cierta desgana.

-Siempre fuiste pesimista -le responde Ernesto mientras succiona de nuevo con avidez el habano.

-Mira no sé tú, pero a mí hace ya tiempo que nuestros ingresos no me llegan.

-¡No me digas que tienes problemas para llegar a fin de mes!

-Te veo muy gracioso, será el efecto del habano o tal vez otra cosa, siempre fuiste un granuja… Lo que te digo es que no me llega para mantener la casa en la playa, con ese inmenso jardín que a Lola le gusta tanto y que cuesta una pasta mantener en condiciones, los dos apartamentos en la sierra, el yate, los empleados, los colegios privados de los niños, las vacaciones a todo tren que nos hemos pasado en Turquía. ¡No veas qué país! Ahora hay que ir a sitios de categoría. Mínimo cinco estrellas.

“Tenemos que pensar algo para rentabilizar. La clave de los negocios es fabricar barato y vender caro. Que el cliente pague 60 euros por unas zapatillas marca “marca” cuyo coste de producción en India o China o Pakistán sea mínimo. Así que las empresas que tenemos en España no son ya rentables hay que deslocalizar, amigo mío. Empezar a fabricar en alta mar.

Los dos amigos socios terminan enzarzados en una discusión sobre beneficios y costes de producción. No es que haya que volver a la esclavitud, es que nunca ha desaparecido. Simplemente ha cambiado de ubicación geográfica o se ha convertido en una esclavitud más sutil, basada en la dependencia mediante la creación de necesidades cada vez mayores.

El mundo está cambiando su precario equilibrio de fuerzas. Y  aunque Andrés, que es un hombre culto y sensible, siente en medio de tanta palabrería productiva un atisbo de vergüenza, rápidamente consigue engañarse a sí mismo bajo el humo protector de su habano. Decide olvidar esas enseñanzas de antaño de su predecesor que se hizo a sí mismo desde la nada y siempre respetó los derechos de los que trabajan. “Porque yo he vivido las revueltas sociales”, le decía su padre y fundador de la empresa. “Y sé que la relación de trabajo consta de dos partes”.

Que ambas partes tienen deberes y derechos y que se gana siempre si ambas partes tienen un margen de satisfacción y respeto. Para eso se han hecho las revoluciones sociales, para ganar en calidad de vida y dignidad en el trabajo.

Estos pensamientos que afloran de nuevo en el inconsciente de Andrés se ven de pronto invadidos por el bullicio que, desde  la calle, penetra a través de las ventanas de la oficina.

-¿Qué es todo ese jaleo? -se pregunta Andrés con asombro.

En una plaza cercana se oye el rumor de una manifestación en la calle. Son de nuevo los del llamado movimiento15 M.

El combate de la vida siempre es desigual, mientras el cordón de seguridad policial espera con porras y pistolas de goma, los manifestantes gritan mostrando sus manos pintadas de blanco:

“Estas son nuestras armas”

Begoña Ramírez Joya, Mayo 2012.

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