Miedo



Al final todo es cuestión de percepción. ¿Cómo si no nos sentimos siempre agraviados? Salvo situaciones muy claras en las que el objeto o persona se delimitan perfectamente como la causa de algo en el resto de las ocasiones depende de cómo y quién lo analice. Cuáles son sus ideas y principios si los tuviere, cuál su situación emocional, su salud , sus expectativas ,su grado de felicidad etc.…Por eso en la mayoría de los casos nos debatimos intentando encontrar los verdaderos culpables.
He visto casos de asesinos que negaban su crimen en el mismo escenario de los hechos con las manos aún manchadas de sangre: “No he sido yo”; o casos como “esto no es lo que parece” cuando todo estaba claro para el observador imparcial.
En mis largos años como abogado, he visto, y oído más de lo que nunca hubiese podido imaginar.
La razón por la que las leyes nos resultan a veces tan ambiguas
se debe a la necesidad de abarcar un sinfín de posibilidades ,que en la mayoría de los casos difieren sólo en el enfoque.
Imaginemos una foto, imaginemos una playa. La misma playa con su mismo mar, su misma arena, su mismo cielo y fotografiada a la misma hora. Podríamos cambiar la hora y cambiaríamos los efectos, pero vamos a hacerlo más fácil aún. Cambiemos sólo el enfoque. Cambiará toda la foto. Con nuestra realidad ocurre algo muy parecido. Por más que nos empeñemos en buscar realidades objetivas siempre dependerán de nuestro enfoque.
Conviene sin embargo no perder de vista los referentes más básicos. Somos humanos, así intentamos comprendernos y explicarnos a nosotros mismos. Somos al tiempo observador
y observado. Las bases a las que como humano me refiero son las que aluden a nuestros principios morales.
Hace tiempo que descubrí como abogado y como persona que toda agresión es producto del miedo; eso no justifica nada. Explicar no siempre es justificar. Explicar simplemente supone intentar comprender.
Hace años ocurrió un suceso que supuso un gran impacto para mí. En una casa vecina vivía una familia con un padre muy estricto. Se trataba de un buen hombre sin duda, muy trabajador y amante de su familia. Educado en un tiempo de valores rígidos tal vez demasiado, mediatizados por la costumbre. Tenía 4 hijos. Dos chicas y dos varones. Una de sus hijas se había quedado embarazada. No lo supo hasta tiempo mas tarde porque el temor hacia el padre era demasiado en aquella familia.
Cuando se enteró su reacción fue muy violenta. Atrapado en su orgullo que creyó mancillado golpeó violentamente a su hija. La muchacha no perdió al niño pero la relación entre los novios se quebró y al final la muchacha tuvo su hija sola, aunque permaneció en el hogar familiar. La muchacha sufrió una fuerte depresión y perdió todos los dientes. El padre contrajo una enfermedad mortal y murió a los pocos años.
Fuimos vecinos durante mucho tiempo y lamenté su pérdida.
Sé que el dolor se apoderó de él al igual que se apoderó de su hija.
Me pregunto cada día por qué llegamos a tales extremos de incomprensión en nuestras vidas y nunca he hallado la respuesta. Pero sí veo en el fondo miedo. A lo que dirán los demás, a sus comentarios y murmuraciones, a la condena pública. Miedo a lo que pensamos que los demás piensan.
¿En el fondo no serán todos los miedos miedo a nosotros mismos?

Begoña Ramírez, Tertulia-Entrelineas, abril de 2012.

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