La loca


Remigia está decidida. Sumida en la venganza, cree que es la única manera de solventar sus conflictos, acabando de una puñetera vez con todo. Las cuestiones técnicas están anotadas y la copia de la llave del coche de él, ocupa el hueco de su mano derecha dentro del bolso, como una suerte de talismán fatídico que la arrastrara a la inconsciencia más abyecta. Los accidentes más famosos donde perdieron la vida príncipes, princesas y otros próceres de revista, usaron la misma o parecida manipulación mecánica que la que ella se vale hoy para su plan. Los guantes negros que le han costado dos euros en una ferretería de la esquina, saldrán manchados de grasa, que no de sangre, tras aflojar tornillos y quitar manguitos en el sistema de frenos.
Todo está preparado, el vehículo en la plaza del garaje del edificio de oficinas, las llaves, los guantes, la linterna, los apuntes… No hay gente a la vista, por lo que se encamina resuelta a levantar el seguro del vehículo y luego el capot. Pero oye pasos acelerados como de perro, una carrera que se le antoja familiar. Cuando vuelve el rostro, en la penumbra del lugar, descubre a su perro que de un salto se engancha en su rebeca de un bocado. ¿Es su conciencia con pelaje canela y ojos de caramelo que la mira fijamente entonando un aullido suave? “¿Qué hacer tú aquí?, le regaña, “¡fuera!, vuelve al coche”. Pero el perrito no se va. Tiene que llevarlo ella misma a la planta superior del aparcamiento y encerrarlo dentro de su cuatro por cuatro para que no salga.
Ha perdido diez minutos pero todo está tranquilo en torno al coche de él; un par de automóviles han salido, lo normal a estas horas. Manos a la obra. Remigia abre por fin el arma de su crimen, mete la cabeza en el motor, tarta de interpretar el esquema, dándole varias vueltas a la hoja, por fin localiza el manguito, lo manipula, y cierra el capot de un golpe seco que le produce un respingo en las tripas.
A la sazón sonidos de zapatos castañetean por el pasillo vacío. Es él. Viene hablando por el móvil, risas, bromas, seguro que habla con su novia. Se ha adelantado una hora y Remigia tiene que esconderse en el asiento de atrás sin tiempo de escapar sin ser vista. Se camufla pegada a las esterillas mientras oye que arrancan el coche y se pone en movimiento. Tiene que salir pero no puede. Está presa de su propia inconsciencia. El auto emerge a la luz del día y ella nota el aumento de velocidad. Según las instrucciones mecánicas los frenos se quedarían si liquido a los cinco minutos y ya ha pasado más o menos ese tiempo. Han tomado la carretera y las curvas más pronunciadas no tardarán en llegar. ¡Que sea lo que dios quiera, piensa entre la resignación y el rencor a su propio destino. Segundos después nota que el coche hace un extraño, que él suelta un improperio del estilo: “que coño le pasa a esto que no frena”, seguido de un chirrido ensordecedor de neumáticos y una exclamación pavorosa que él y ella lanzan al unísono mientras vuelan juntos dentro del coche descontrolado. Rompen el quitamiedos, dan una vuelta de campana y caen a lo más profundo de barranco, entre los acantilados del mar de Alborán. Entonces mientras caen él ve a Remigia a punto de salir disparada por el cristal de atrás. Y un segundo unen sus miradas. “¿Que coño hace esta loca aquí?”, dice cayendo en el más profundo desconcierto. Ella cierra los ojos. Luego caen cada uno por un sitio pero con semejante fatalidad.
A la semana de aquello encuentran a un perrito muerto, abatido por la sed y de hambre, pegado al cristal de un todoterreno.

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