Casandra


Casandra vive en una casa enorme.
“Menuda Casandra que tienes”, le ha soltado hoy como siempre, a modo de saludo, un amigo suyo algo chistoso, de nombre Fredi.
Éste viene acompañado de su mujer, Amparo, que gesticula más que habla, y juntos, como primerísimos invitados a la última de las fiestas privadas de Casandra, traspasan la verja y pisan sobre la fresca hierba del huerto entre los aspersores aún encendidos. No parecen percatarse de que se han anticipado a la cita.
–¡Se os ha adelantado el reloj o el mío atrasa!
–¿No dijiste a las seis?
–Sí, y todavía no han dado las menos cuarto.
Esta tarde Casandra se ha levantado de la siesta, además de con el mal humor de siempre, con una extraña sensación de vértigo. Barrunta algo calamitoso en las próximas horas, pero desconoce aún la naturaleza del suceso y a qué personas afectará. Es luna llena para más Inri. Y a ella, que trata siempre de armonizarse con la luminosa influencia lunar, por cierto nada fractal, esta tarde siente que la satura; tiene un comezón extraño sobre su ánimo, como si menguara su energía vital magnetizada por el gran imán de la Luna, que ya parece dibujarse sobre el horizonte añil de octubre. Algunas nubes veloces la tapan de cuando en cuando y al desvelarla su luz incide como un baño de plata sobre las cosas y las personas del huerto.
–¿Te gusta, Casandra? –son las primeras palabras de Amparo, que reclama la atención sobre su hombro derecho, donde luce un nuevo tatuaje. Una nube de estrellas cruza por su omóplato hasta perderse en el cuello bajo sus cabellos negros. La anfitriona sufre un destello interior que activa de manera fulminante sus recuerdos premonitorios. Ahora comprende la sutil señal escrita en el hombro de su amiga, la sincronicidad que enciende su percepción anticipativa, y que en ocasiones le hace vislumbrar el porvenir.
Con todo, aún es pronto para ver con claridad la naturaleza y detalles de lo que funestamente barrunta va a suceder.
Los siguientes invitados son puntuales. A las seis en punto llegan los dos Fideles, socios de una empresa de limpieza de la ciudad, Eva, la novia del más alto de ellos y la mujer del otro. A continuación toca la campana Rober y Julita, íntimos de Casandra desde primaria, y Antonio Rayo, a quien la anfitriona se extraña de ver, dado que se vende caro en ese tipo de reuniones, es decir: las que concentran a más de tres personas. Espe llega la última como de costumbre, a su lado camina un joven moreno y alto de mirada bereber y andares africanos.
–Te presento a Farid. Es de Tánger, trabaja con mi hermano.
Farid le extiende a la anfitriona una mano delgada pero vigorosa y luego se toca el pecho a la altura del corazón, mientras dice:
–Tienes una casa muy bonita. Se nota que eres feliz en ella.
–¿De veras notas eso? Si aún no has visto nada. ¿Dónde dices que hay hombres como este? –le pregunta con un guiño a su amiga.
Aún llegan otros tantos invitados y el jardín, ya oscurecido, se llena de chácharas, risas y ruidos de copas. A las nueve ya han terminado con los canapés y los bocadillos. A las nueve y media ya piden algunos las botellas de licor y a las diez y diez Antonio Rayo cae empujado a la piscina mientras los dos Fideles corren a esconderse detrás de sus mujeres. En ese momento, mientras Antonio sale empapado hasta los tuétanos, Casandra recibe el fogonazo final de su revelación. Ve gruesas gotas de lluvia caer sobre sus cabezas, parecen estrellas encendidas con la luz extrañamente amplificada de la luna, como las que vio en el hombro de su invitada; luego desaparece la lluvia de estrellas y todo se cierra en una oscuridad absoluta, la tormenta es diluvio y en pocos minutos un torrente inopinado inunda los barrancos, las ramblas, las calles, las casas y edificios, arrastrando coches, motos y personas en una dantesca riada jamás antes vista. Su casa que se haya construida en la ladera de una rambla es de las que más sufren el siniestro, el agua llega hasta el techo arrasando muebles, tabiques y puertas, rugiendo a paso raudo un torrente de lodo que deja pelados los pilares.
–¡Chicos, se acabó la fiesta! –exclama de pronto–, He tenido una revelación. En quince o veinte minutos se va a liar una gorda. Va a caer una tormenta de esas que llaman perfecta. Y precisamente aquí no estamos seguros. Estos cimientos están enclavados sobre la orilla del cauce de un barranco. Unos cuantos metros recalificados, que ahora la fuerza de la naturaleza hará sin remedio suyos.
–Para mí desde luego que se acabó –dice Antonio Rayo despojándose de la camiseta y escurriéndola—. Me largo. Tienes algún chándal o algo que pueda ponerme, te lo devolveré.
–Coge una toalla de esas, que enseguida te busco algo. ¡Oídme! –exclama de nuevo dirigiéndose a todos—. No es broma, ya me conocéis. Cuando sufro uno de estos pálpitos, ocurre de verdad.
–¡Déjate de coñas Casandra! Quién te va a creer, con la noche que hace.
En ese momento se oye el lejano retumbar de un trueno, un sonido que va aumentando hasta crujir en los confines de la intemperie y en los tímpanos. Todos miran instintivamente al cielo. Unas nubes blanquecinas corren de un lugar a otro cubriendo las estrellas, y una brisa eléctrica y húmeda se filtra a la sazón por sus narices como anticipo anunciador de la lluvia.
–Coño, pues parece que sí – dice Fredi—me ha venido olor a tormenta.
–Vámonos Farid, que esta parece que dice la verdad.
–Un momento –dice el tangerino- Yo no muevo mi Mercerdes hasta que esta mujer no venga con nosotros.
–Bien dicho, eres único. Por fin alguien que piensa en mí.
Con premura fisiológica, Casandra entra en casa parta recoger lo más valioso, le baja una muda de hombre a Rayo, olvidada por el tipo que se quitó los zapatos por última vez en su moqueta, y saliendo por la verja siente sobre su cuerpo las primeras gotas de lluvia. Son gruesas, brillantes y gélidas, como en su visión. Farid y Espe la acompañan, los demás ya han desparecido. A la gente que se va cruzando: vecinos paseando tranquilamente al perro, chicos que salen a tomar algo, mujeres que se recogen… a todos les dice Casandra con la voz quebrada: ¡Iros de aquí rápido; huid al barrio alto; viene una riada como jamás se conoció; poneros a salvo, lo digo muy en serio!… Pero la gente la miraba sin prestarle credibilidad, como si vieran y oyeran a una pobre loca.
Diez minutos después ya rugían los barrancos y las alcantarillas, la lluvia era un cortina tupida y el cielo un mar de truenos y relámpagos. Llegaron los tres al barrio alto, a la casa que tenía alquilada Farid junto con tres senegaleses, y ya estaban las escaleras llenas de gente que habían corrido a refugiarse. Casandra, como si dentro de sí soportara los efectos repentinos de una maldición visionaria, se lamenta en voz alta y para sus adentros: sus augurios, hoy desconcertadamente fatídicos, se han hecho realidad una vez más.

Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s