Catarsis


Cuando dejé que me habitaran los fantasmas de la sinrazón, tuve que hacerles un hueco expulsando a la felicidad… Creo que habitaba esta en mi regazo de hombre sencillo, un don alguien que creía saber cuales eran sus cosas en la vida, que habitaba despistado, que no amedrentado, un cuerpo copiosamente alimentado, junto a un alma inquieta y a veces insatisfecha. Que llevaba una vida social suficiente con suficientes relaciones sexuales, que no sentimentales. Que no deseaba a una mujer con la que prender el calor de un hogar, y que tampoco comprendía a saber por qué no me atrevía a buscarla. Era pues una felicidad puntual, sucedánea, quebradiza, de intervalos tan cortos que apenas calentaban.
Mi casa era eso, mi casa, sola para mí. Llena de andamios con libros, sillas cojas y mesas pequeñas. El hogar de un hombre solo, a no ser por el tufillo a perro, que se percibía al entrar desde hacía años. Se podría decir que llevaba hasta hace poco una existencia rutinaria y un tanto anodina.
Pero hay ocasiones en que la vida nos pone por delante situaciones límite, sucesos inesperados que de golpe te destrozan, que borran los esquemas de tu cabeza y meten fuego a tus estatu quo mentales, que te dejan desnudo y amarrado a un árbol pelado, que te hacen sentir arcadas por los maldades de la condición humana, haciéndote padecer en carne propia la densa pompa que ahoga la luz liviana del ser.
Hoy te levantas sin más y minutos después estás en las entrañas de un infierno planificado. Los tímpanos te revientan. Las fragorosas explosiones te rodean, se suceden de manera programada, destrozando vidas, que salen ametralladas por el viento fragoroso del fuego y las esquirlas.
Eso fue cuanto me pasó aquella aciaga mañana. Aunque lograba salir indemne, el impacto me destrozaba la memoria y dejaba mi alma pelada. Quizá me protegió la propia soledad, como si aquel horror no tuviera que acabar conmigo. O tal vez una extraña fortuna me puso en el sitio preciso para ver la catástrofe y no padecer su devastación. Desde la barrera comprendía que la vida me llamaba a gritos bajo aquellos hangares ensangrentados, entre los hierros retorcidos. Lo único limpio en aquel espacio doloroso era el aliento de la vida que se iba y se venía, transcendiendo la tragedia. La percibías flotando en el aire intoxicado y comprendías algo: tu única misión allí era ayudar a tantas personas con la vida en un filo y desorientadas. El temple y la lucidez que me habitaba brotaban espontáneos de mis células. Era yo mismo el que actuaba, quien improvisa camillas con un banco, con una puerta arrancada, quien sacaba del infierno a hombres, mujeres, ancianos, niños… buscando la luz ululante de las ambulancias… era yo, lo aseguro, pero parecía ser otra persona.
Nunca le había contado esto a nadie. No soy ningún héroe. Quizá fui antes un tipo mediocre, incluso vulgar, alguien perdido en los surcos de su mente. Pero en aquella hora maldita, una especie de catarsis explosiva reventó delante de ojos y oídos haciéndome ver la vida de una manera muy distinta. De la manera, habría que decir, la única manera real: tal y como es, con el sentido con que se deja fluir en el universo, con el amor de su entretela, ese que distraídos en otras cosas, despreciamos sentirlo.
No soy más que una persona sencilla, y acaso en la sencillez late la sustancia de lo que somos. No hay tiempo que cronometrar, ni esquemas ajustables, ni farsas, ni controles, no existe el miedo, solo somos todos los seres humanos en uno, siendo y sintiendo.
En fin… Espero que tú quieras conocer a alguien como yo. Ya sabes que mis cartas suelen ser largas… Y pesadas… Espero tu contestación…

Posdata: Ahora sí me gustaría por fin verte en persona y conocerte. Creo que ya es el momento.

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