El Conflicto (a propósito del doctor Hamer y su nueva medicina)


Me han confiado el encargo de relatar un acontecimiento de cardinal importancia, dado el asunto tan delicado y doloroso del que trata, al que me he querido dedicar con sinceridad y tesón de entusiasta de la escritura, nunca de narrador avezado, pidiendo contar por ello con la indulgencia de ustedes, queridos lectores.
Mateo, nuestro personaje, lo tenía todo perdido. Los médicos (esto lo supe por un familiar suyo) hablaban ya de plazos. Hacía casi un año que entraba y salía de los hospitales como Mateo por su casa, un Mateo, hay que decir, que asustado y tembloroso, como si enfrentara cada vez el mismo problema, un conflicto en aumento para el que no parecía haber remedio. Y de igual modo tampoco encontraba familiaridad alguna en aquel frío entorno, por mucho que por las continuas visitas ya conociera al dedillo los parking, pasillos, cafeterías, ascensores, salas de espera, unidades de radiología, oncología y todas las gías propias de su temida enfermedad. Así como al personal de bata blanca o azulona ya fueran meros doctores o insignes camilleros, a los cueles se les llamaba acertadamente celadores, por el celo que habrían de poner en su importante labor de trasporte y trato humano con los enfermos y familiares.
Fue precisamente uno de estos celadores quien le dijo a Mateo que probara con visitar a una doctora de su pueblo (he de decir que no recuerdo qué pueblo exactamente dijo, pero que tenía la consulta en Colomera), una mujer a la que llamaban la Depuradora, apodo que tal vez se debía al éxito que estaba cosechando con su novedosa labor médica, si no fuera por que a su padre lo llamaban Pepe el de la depuradora, al trabajar desde hacía años en el depósito municipal de aguas. En este punto he de decir que su terapia era también arriesgada, dado que el principal mentor y creador de la medicina que la Depuradora practicaba con su pacientes, acababa de enfrentar ante los tribunales de su país varias demandas de inhabilitación, cursadas por la clase médica oficial, cuyo veredicto acabaría confirmado y que textualmente proclamaba así (esto me lo facilitó Mateo en una esquela recortada del periódico): por no querer abjurar de la Ley de Hierro del Cáncer y no asumir las tesis convencionales sobre esta enfermedad, quedando demostrado que no es poseedor de las facultades de control de sí mismo, declarándosele incompetente como facultativo y para juzgar las necesidades de tratamientos contra el cáncer.
Cuando Mateo entró por vez primera en la consulta de la Depuradora, la sala de espera estaba atestada de gente, incluso algunos niños correteaban por el pasillo, ajenos a la reprimenda de sus madres o sus padres, los cueles conversaban sin cesar sobre sus dolencias, procesos y remedios. Un plato con dulces de navidad ocupaba el centro de la mesita, junto a las revistas del corazón; se entiende que del corazón metafórico de los cuchicheos, no del otro.
No es que tuviera hambre, pero los nervios tras más de una hora de espera, lo habían llevado a probar un polvorón. En ese momento la enfermera salió llamándolo por su nombre. Limpiándose los dedos de azúcar molido, entró a la consulta de la Depuradora. Ésta ya tenía ante sus ojos el expediente médico que le había exigido para atenderle, pero no estaba sentada del otro lado de su gran mesa escritorio de doctora en medicina, sino que lo recibió en pie junto a la entrada, rogándole que él primero ocupara sus asiento.
–En primer lugar, señor Maturana. Tengo que decirle que su situación es muy delicada pero totalmente natural y superable. No sé si habrá oído algo a cerca de nuestra medicina. Resumiendo, le diré que el cáncer es la respuesta orgánica de un proceso biológico que se inicia con un grave conflicto sin resolver recibido por el paciente en el aislamiento. La proliferación celular aparentemente malévola que provoca los tumores o la destrucción necrótica de las células, no son sino la respuesta orgánica del individuo conforme a cinco leyes biológicas. Así que lo primero que tiene que hacer es quitarse ese miedo paralizante que se le aprecia y que puede estar provocando nuevos problemas a su organismo, y saber que, una vez conocido el origen del conflicto, la curación, evitando ciertos riesgos de crisis epilépticas como el infarto, es casi absoluta en un elevado porcentaje. Para empezar le vamos ha hacer un escáner cerebral para determinar el epicentro de su conflicto y así ayudarle a que descubra de cuál se trata, aunque tal vez ya sospeche de algo.
Mateo se quedó petrificado, sin poder articular palabra, con una emocionada mezcla entre el asombro y la esperanza. Recogió el volante para el escáner de su cerebro (luego me confesó que en ese momento no entendía la relación que podía existir entre su cerebro y sus tumores) y salió de la consulta entreviendo una chispa más de luz en su futuro inmediato, que ya era mucho dadas las circunstancias.
En la cita siguiente, la doctora, mostrando una sonrisa redonda, ya sostenía las pruebas del escáner en sus manos blancas y sensibles.
–Mire Mateo, ve usted estos círculos concéntricos que salen de este punto de su cerebro, como si hubieran arrojado una piedra a un estanque.
–Sí –contestó el enfermo viendo una lámina abstracta.
–Este punto del lóbulo temporal derecho señala que su conflicto es de carácter territorial. Le pondré un ejemplo: Es algo a sí como cuando a un ciervo viejo uno más joven le arrebata su territorio y éste, expulsado, entra en un estado permanente de estrés, desarrolla un conflicto biológico, un conflicto de territorio, aquí –y señaló sobre su sien–, un poco por encima de la oreja derecha. El ciervo se comporta como un condenado, sueña tan solo con recuperar su terreno. No come, no duerme, adelgaza porque se halla en un estado de continuo estrés. En las personas las cosas suceden de manera similar que en el reino animal. En el hombre su territorio puede ser su casa, su familia, su empleo, cualquier cargo de importancia personal, incluso su automóvil, puesto que las personas tenemos muchos más territorios parciales.
Mateo en una de tantas conversaciones que tuvimos para esta narración, me confesaría que en este punto ya conocía la naturaleza de su conflicto, sin embargo, no voy a desvelar de cuál se trata por respeto a su voluntad.
A partir de ese momento, su régimen terapéutico cambió radicalmente. Empezó con la suspensión total de las quimioterapias y radioterapias de la medicina oficial, con una dieta curativa donde predominaba el agua pura, y un control exhaustivo contra el infarto de miocardio, una crisis más que probable en los procesos de curación de conflictos asociados al suyo. El resto eran molestias, procesos febriles, y dolores, a veces insufribles, pero que Mateo decía soportar con esperanzas de salida. Su propio organismo parecía querer echar fuera la sarna biológica surgida a partir de aquel síndrome conflictivo, un suceso del que sólo le habló a la Depuradora y a este humilde servidor de la escritura.
Puedo afirmar con precisión que pasados unos ocho meses Mateo acabaría plenamente recuperado de su grave enfermedad. Antes de salir para unas cortas y merecidas vacaciones a Punta Cana, me pidió que escribiera este breve relato de su historia y que lo diera a publicar en la revista local, por si acaso coincidía con otras tantas historias anónimas de personas perdidas en la desesperación de sus enfermedades.
Por mi parte, he querido tan sólo narrar este episodio vital de Mateo, sin vincular o incluir en el texto mi opinión personal a cerca esta nueva medicina, una terapia basada en las cinco supuestas leyes biológicas, las cueles, de ser ciertas, haría entender la enfermedad desde un prisma más natural, y yo diría hasta clásico, como aquel dios antiguo Esculapio y los sueños reveladores donde se le aparecía al enfermo haciéndole ver la causa de su mal para curarlo.

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