EL Camino Espiritual, la charla (alegoría sobre la metafísica de Gurdjieff y el Cuarto Camino)


He tenido la necesidad, casi la urgencia, de sentir y descubrir en mis adentros el sentido de la vida, incluso el modo en que ésta con su cálamo de tinta infinita va escribiendo su verbo inapelable en las páginas de nuestra existencia. Existencia que viene de las voces griegas ex y stare, estar fuera; o sea: algo que se manifiesta porque está exterior a su principio. Se existe siempre subordinado a las leyes y dimensiones de la manifestación, una de ellas: la rueda del tiempo, en cuyo centro inmóvil se haya el origen y destino de nuestra existencia.
Los pasos me han traído hasta este apartamento enclavado en una de las calles más ruidosas del centro. Es una charla privada sobre el camino espiritual, impartida por un hombre que asegura traer consigo una sabiduría ancestral. Llego tarde y aún así encuentro una sonrisa de mujer en la puerta y una silla libre frente al orador, Jorge Guisando, quien hace un leve gesto con su mano para que me acomode, mientras sigue hablando para todos.

“Los hombres son máquinas y de éstas no puede esperarse otra cosa que hechos mecánicos. Toda la gente que ve y conoce, y que aún puede llegar a conocer, todas son máquinas, que trabajan movidas sólo por influencias externas: Máquinas nacen, máquinas mueren.
“Antes de hablar sobre psicología deberemos poner en claro que ésta hace referencia a la gente, a los seres humanos. ¿Qué psicología puede haber en relación a las máquinas? Para el estudio de las máquinas hace falta la mecánica, no la psicología. Por eso es que comenzaremos con la mecánica. Aún distamos mucho de la psicología.

-¿Puede uno dejar de ser máquina? -preguntó alguien a mi lado como impulsado por un resorte.

-Esa es la madre del cordero -dijo el orador-. Sí, se puede dejar de ser máquina, pero para eso es indispensable, ante todo, conocer la máquina. Una máquina no se conoce a sí misma, cuando lo hace ya deja de ser máquina; o por lo menos, ya no es la misma que era antes. Comienza a ser responsable de sus actos.

-¿Quiere usted decir que el hombre no es responsable de sus actos?

-Un hombre sí es responsable. Una máquina no lo es. El hombre es una máquina. Todos sus hechos, palabras, pensamientos, sentimientos, convicciones, opiniones y hábitos, son fruto de influencias e impresiones que le llegan desde fuera. Por sí misma, de ella misma, una persona no puede producir un solo pensamiento, una sola acción. El hombre nace, vive, muere, construye casas, escribe libros, no como él quiere hacerlo, sino como buenamente sucede. Todo sucede. El humano no ama, no odia, no desea. Todo esto ocurre en él sin que él se dé cuenta de ello. Pero esto parece lo más ofensivo y desagradable que pueda decírsele a alguien. Es particularmente ofensivo porque es la verdad. Y nadie quiere saber la verdad.
“Verán ustedes que utilizamos un lenguaje especial, y que para poder entendernos será necesario que aprendan a hablar de este modo. En un lenguaje ordinario resulta imposible lograr un entendimiento mutuo. Por el momento, esto también le parecerá extraño. Pero para comprender, es necesario otro lenguaje.
“Debe uno, entonces, aprender a decir la verdad. Parece sencillo: únicamente bastaría con decidir decir la verdad o desearlo. Pero yo les aseguro que rara vez la gente engaña aposta. En la mayoría de los casos creen que no, pero están mintiendo todo el rato, tanto si desean hacerlo como si quieren decir la verdad. Mienten siempre, a los demás y a ellos mismos. En consecuencia, nadie puede entenderse a sí mismo, ni puede entender a los demás. Piénsenlo un poco: ¿Existiría tanta discordia, tantos graves malentendidos, tantísimo odio contra las opiniones ajenas… si las personas pudiesen entenderse los unos a los otros? No pueden entenderse porque no pueden evitar la mentira. Decir la verdad es lo más difícil que hay en la vida; se debe estudiar mucho y durante mucho tiempo para lograrlo. Es necesario saber qué es la mentira y qué es la verdad, y comprobarlo antes que nada en uno mismo; algo de lo que nadie parece querer oír hablar.
“No nos damos cuenta de la situación. Estamos presos y todo cuanto se puede desear, siendo sensato, es salir de esta cárcel. ¿Cómo escapar? Cavando un túnel. Una persona sola no puede hacerlo. Pero diez o veinte dispuestas a acometer esa empresa, trabajando por turnos, unas cubriendo a otras, pueden terminar el túnel y salir fuera. Lo que es más, nadie puede huir de esta cárcel si no obtiene la ayuda de quienes han salido antes que él. Pero primero tiene que darse cuenta de que está preso. Si no entiende eso, y piense o cree que es libre, no tiene la menor posibilidad pues nadie podrá liberarlo a la fuerza.

Después de esta fuga, las ideas de Jorge ya me parecían antagónicas, pero ese rechazo mental que estaba sintiendo obedecía a su vez a una fuerza misteriosa que me hacía receptor de cuanto allí estaba pasando, y no sólo en el discurso.

“El “hombre-máquina”, para quien todo está sujeto a influencias externas, a quien las cosas únicamente le ocurren; aquel que ahora es una persona, mañana otra y pasado una tercera, no tiene ni puede tener futuro de ninguna clase; está enterrado y eso es todo. El barro al barro vuelve. Para poder hablar de algún tipo de vida futura, tiene que haber cierta cristalización, cierta fusión de las cualidades internas del hombre, cierta independencia de las influencias exteriores.
“Hay sistemas que declaran que todos los hombres tienen un cuerpo astral. Esto es un profundo error. Lo que puede llamarse “cuerpo astral” sólo se logra por medio de la fusión; o sea, por medio de un duro trabajo interior de esfuerzo y lucha. La persona no nace con cuerpo astral. Sólo unos pocos consiguen hacerse de uno. Si lo consiguen pueden continuar viviendo después de la muerte de la carne, pudiendo renacer en otro cuerpo físico.

-¿Es eso la reencarnación? –en este punto volvió a preguntar el hombre que tenía a mi lado.

-En efecto. Es la reencarnación. Pero esa fusión de la que hablé, esa unidad interior, se obtiene mediante la fricción, la intensa lucha entre el “sí” y el “no” dentro de uno mismo. Si el hombre vive sin esta lucha esencial, si todo le “sucede”, sin la menor oposición de su parte, si va adonde quiera que le lleven o donde sopla el viento, permanecerá siendo lo que es. Pero si comienza a luchar dentro de sí, con una dirección precisa, entonces se formarán poco a poco ciertos rasgos que darán forma a lo que llamamos: la “cristalización”. Sin embargo, esto sucede a veces sobre bases falsas. La lucha interior entre “sí” y “no”, puede darse sobre una creencia fanática o sobre el “temor al pecado”; cualquier cosa por el estilo produce en la persona una lucha interior y una cristalización sobre semejante base, que no sería sino falsa, incompleta. Un hombre así no tendría la menor posibilidad de un desarrollo posterior.
“Es preciso pues hacer sacrificios. Si nada se sacrifica, nada se consigue. Perro el sacrificio es necesario sólo mientras está desarrollándose el período de la cristalización. Cuando se ha logrado todos los renunciamientos, las privaciones y sacrificios dejan de ser necesarios. Entonces el hombre puede hacer lo que le dé la gana. Ya no hay más leyes para él, porque él es la ley en sí mismo.
Este aspecto parece sumamente claro. La multitud ni quiere ni busca el conocimiento. Los dirigentes de masas, movidos por sus propios intereses, tratan de aumentar los temores de la gente y fomentan el repudio de todo cuanto sea nuevo o desconocido. La esclavitud, que es la condición de la vida actual del hombre, se basa en este miedo. A fin de comprender las causas de esta esclavitud, basta observar la forma en que las personas mienten. Conviene distinguir qué es lo que constituye la finalidad de su existencia, el objeto de sus deseos, de sus pasiones, de sus aspiraciones; basta observar lo que piensan, lo que discuten, a lo que sirven y lo que adoran.
“El hombre no nace con estos cuerpos sutiles; sólo pueden cultivarse artificialmente, cuando existan condiciones favorables, tanto en lo interno como en lo externo. El “cuerpo astral” no es un implemento indispensable para el hombre. Es un esplendor reservado para pocos. Un hombre puede vivir perfectamente bien sin él, pues su cuerpo físico posee todas las funciones necesarias para la vida. Un hombre sin “cuerpo astral” puede producir la impresión de ser muy intelectual y hasta espiritual, y puede engañar no sólo a otras personas, sino también a sí mismo.

Aquí llegué a pensar que se retrataba como charlatán, pero su mirada parecía profunda y clara, extraña mezcla que seguía atrayendo.

CONTINUARÁ

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