Avempace como paradigma


Avempace es el nombre latino de Abû Bakr Muhámmad ibn Yahyà al-Sâ’ig ibn Baÿÿa (1085/90 al 1139). Ha sido considerado como el paradigma del sabio andalusí, antecedente del sabio renacentista, iniciado en las artes y en las ciencias, e implicado en los asuntos de su tiempo. Encontramos en ibn Baÿÿa todo lo característico de la alta cultura andalusí: pasión desbordada por la sabiduría, considerada como el más digno objetivo de un ser humano en este mundo, cultivo de las ciencias, orgullo de su papel como intelectual, un misticismo refinado, espíritu crítico e independencia frente al poder. Todo ello dentro del marco de referencias del islam, de la filosofía helenística y del primer renacimiento cultural de Europa. Pero debemos considerar a ibn Baÿÿa como un intelectual original e independiente, cuyo pensamiento conserva una frescura digna de ser rescatada de los velos del lenguaje técnico en el cual se expresa. En este ensayo trataremos de recuperar algo de esta frescura, de la actualidad de un pensamiento que cruza las edades.

El Fin último del hombre
Si Avempace cultivó todas las ciencias es porque estas están ligadas a la consecución del fin último del hombre, que es el auto-conocimiento y el cumplimiento en acto de nuestra naturaleza. Nuestra obligación es ser lo que somos, ni más ni menos, y esto sólo se logra usando nuestras capacidades cognitivas, elevándolas desde sus grados inferiores y meramente pasivos hasta su plena activación.
El fin último del hombre es conceptualizado como “la unión del Intelecto Agente con el hombre”. En lo que sigue, voy a tratar de explicar lo que ibn Baÿÿa nos propone, pero saltándome en la medida de lo posible el lenguaje técnico con el que se expresa, tomado de la filosofía aristotélica del momento. Tal vez este sea el mayor impedimento que el lector actual encuentra para leer a ibn Baÿÿa, para sacar provecho de su pensamiento. Pero en la medida en que se supera podemos asegurar que lo que encontramos es sorprendente y altamente estimulante. Y esto es lo que he pretendido hacer, leer a ibn Baÿÿa de un modo descarnado, al margen del envoltorio conceptual en el cual él mismo nos presenta su filosofía. Creo que en el caso de ibn Baÿÿa esto no implica ninguna traición a su pensamiento, sino todo lo contrario. El envoltorio conceptual permanece como una forma que debemos trascender, un instrumento para alcanzar el fin último del hombre. Espero lograr transmitir algo de la belleza de su pensamiento, y pido a Al-lâh que haga de este intento un motivo de aprendizaje para todos.
ß Estadio animal (formas corporales): “todo placer es siempre sombra de otra cosa”
Toda la filosofía de ibn Baÿÿa gira en torno a la teoría de las formas, como esencias que configuran y caracterizan a las cosas, las cuales actúan según una forma que les es propia. En el hombre coexisten diferentes formas. Para no complicarnos, diremos que existen formas corporales, espirituales y que más allá de las formas se halla el Intelecto, como un motor que existe en el hombre capaz de trascender las formas.
Las formas corporales incluyen la materialidad, la naturaleza vegetal y la animal. A las formas espirituales se accede por medio de la razón y de la reflexión, algo propio del ser humano. El nivel superior al que debe aspirar el sabio es el de la unión con el Intelecto Agente. Se trata de realizar una ascensión desde el mundo de la multiplicidad hasta la unidad. Y para ello es necesario el uso de la razón y el intelecto humano, pero sin quedar preso de él.
Hablamos de los fines. Según Avempace, el objetivo máximo al que debe aspirar el ser humano es la unión con el Intelecto Agente. Sin embargo, es evidente que a lo largo de nuestra vida se nos presentan muchos otros fines, digamos más modestos. Aspiramos a seducir a una persona, o a sacarnos un título universitario, o a conseguir un buen empleo. La vida de cualquier persona esta rodeada de fines u objetivos, que se superponen los unos a los otros. El fin de comer es saciar el hambre, de hacer el amor es saciar nuestra pasión, pero el fin de comer también puede ser saborear un alimento, y el de hacer el amor buscar la unión con el amado. Todo eso forma parte de la vida de cualquiera, y el hombre no puede sustraerse a ello.
Y ahí viene la primera intervención de la reflexión, como instrumento que permite orientar o conectar los fines parciales al fin último del hombre. En su escrito Sobre el fin del hombre, Avempace escribe que todos los objetivos parciales que podamos tener en nuestra vida en realidad tienen un fin único, que es nuestra realización como individuos, el auto-cumplimiento de lo que somos por naturaleza. Conocerse a uno mismo y alcanzar el propio yo es el fin propiamente humano. En la medida en que no ponemos todos los fines parciales en función de este fin último, estamos renunciando a nuestra humanidad y comportándonos como seres meramente materiales.
El afán de poseer, el deseo de saber, el hambre, y hasta el propio instinto sexual en realidad son orientaciones ciegas, inconscientes, hacia la consecución del fin último del hombre. El individuo que no ha alcanzado su humanidad pasará su vida pendiente únicamente de satisfacer sus instintos más primarios, pero el sabio aplica la reflexión a estos instintos, se hace consciente de si mismo como criatura deseante, y de este modo aprende a re-orientar sus instintos hacia el verdadero fin del hombre. Para ello, es evidente que debemos reorientar nuestro deseo. No se trata de inventarle un fin artificial o abstracto a este deseo (de sublimarlo), sino de hacernos conscientes de que todo deseo es en realidad deseo de completarnos, deseo de retornar a la unidad perdida.
El hombre animal pretende que puede satisfacer sus deseos a través de las formas animales, pero por mucho que fornique, coma, beba o acumule riquezas permanece siempre insatisfecho. Destina todas sus energías a lograr cosas que en realidad solo le darán una satisfacción pasajera. Se hace capaz de robar, de matar y de cometer toda clase de atropellos para conseguir aquello que desea. Hacer cosas sin conectarlas al fin último del hombre es perder el tiempo. Los vendedores saben mucho de esto. Nos venden ilusiones, mentiras, el sueño de ser alguien a través de la posesión. Todo el sistema capitalista se basa en mantener al individuo en este estado que Avempace calificaría como de animalidad.
ß Estadio espiritual (abstracciones, formas espirituales)
Nos situamos pues en un segundo nivel en esta búsqueda de nuestra realización como personas, del fin último del hombre. La superación de la animalidad a través de la razón nos conduce a la ciencia, al arte, a un nivel de la creatividad humana. Esta pasa por la superación de la moral meramente represiva.
Para ibn Baÿÿa no sería exagerado decir que el estudio de la botánica o la medicina acercan más al hombre a la divinidad que no la moral. Más cerca de Dios está el científico que el hombre religioso, cuando el primero trabaja para mejorar la vida de sus contemporáneos y el segundo se erige en guardián de la moral del rebaño. Claro que el científico también tiene su ética, pero esta no es únicamente represiva, sino creativa. Dice Avempace: “La buena conducta únicamente se convierte en espiritual cuando se desprenden de ella acciones que logran esencialmente esta espiritualidad”. Es decir: cuando deja de ser meramente negativa (basada en preceptos y conceptos: no hagas esto o lo otro) y se convierte en un aliciente para realizar bellas acciones, para elaborar medicinas que curarán a otros, para construir acequias, para descubrir los secretos de los astros, para componer bellas melodías que elevan el espíritu, para despertar el sentimiento innato de belleza.
La razón es la capacidad de encontrar semejanzas entre las cosas. La analogía es el instrumento mediante el cual el hombre supera el mundo de los opuestos, el medio mediante el cual la mente es capaz de reconocer las relaciones que unen a las cosas entre sí. De este modo, se hace capaz de poner un fin que corresponde a la naturaleza animal en función de un fin superior. En este estadio la razón es el principal instrumento. Sin embargo, también es un estadio que debe superarse.
ß Unión del Intelecto con el hombre (trascendencia dualidad sujeto-objeto)
Cuando el pensamiento se gira hacia si mismo, se abisma en el propio pensamiento. Pensar el pensamiento, no como un objeto, sino como fundamento último de todo lo creado. Esta es la máxima objetividad, pues en este estadio no hay sujeto. No es la pretendida objetividad del científico positivista, sino el anegarse del sujeto en el Intelecto Universal, en el Conocimiento que actúa en todo y todo lo define. En este momento, el propio hombre es uno con el Intelecto. Conocer y conocido son lo mismo.
El hombre que ha realizado esta unión con el Intelecto Agente es aquel que ha transformado su intelecto de intelecto pasivo a intelecto en acto. Intelecto pasivo es aquel que se limita a recibir información y combinarla. Es creador de arte, de ciencia y pensamiento, pero todavía no ha alcanzado la perfección. Cuando el intelecto humano es iluminado por el Intelecto Agente deja de ser pasivo. El hombre deja de proyectar sus deseos a través de los objetos. Ya no desea cosas, sino que se ha fusionado con la Realidad en si. En este momento, deja de ser esclavo de los objetos deseados, y todo se pone a su servicio. Avempace lo dice textualmente:“todo en la creación se pone a su servicio.” Se trata de un pensamiento aristocrático, en la medida en que Avempace es consciente de que este estadio es inalcanzable para la masa de los hombres, que permanecen atados de un modo u otro a su animalidad, y por ello siguen dependiendo de la moral y la razón.
Ahí aparece la figura del sabio solitario en medio de las gentes. A la figura que ha alcanzado este estadio Avempace la llama mutawahhidun, el Solitario. El Solitario es el ser que ya no depende de lo que le rodea, sino de Dios, al cual se ha unido como Conocimiento en acto, a través del Intelecto. Ya no es un mero conocedor, sino que todo lo que le sucede es Conocimiento. En realidad, todo lo que sucede es conocimiento también para nosotros, aunque no sepamos verlo. Nosotros hacemos interferencia, no dejamos que la Realidad se nos muestre en su luminosidad interna, no somos capaces de ver la Faz de Al-lâh en todo cuanto nos sucede y nos rodea. Nuestros fines egoístas y pequeño-burgueses no nos dejan ver el significado real que cada cosa tienen en su momento. Queremos disfrutar de las cosas y en realidad ese ansia insatisfecha es lo que nos impide alcanzar el verdadero placer de estar en el mundo de un modo natural. Queremos poseer esto o aquello, sin darnos cuenta de que nos estamos convirtiendo en esclavos de las cosas, renunciando a través de las posesiones a dar cumplimiento a nuestra naturaleza más profunda.
Para el hombre liberado todo significa, todo es revelación, todo tiene sentido de un modo inmediato e inmanente. La vida no es una acumulación de sucesos inconexos que nos sobrevienen, sino un camino que transitamos en busca del sentido, un camino en el cual tenemos la posibilidad de realizarnos, de desarrollarnos como criaturas capaces de amor y trascendencia, de poner en acto nuestras posibilidades innatas, nuestra verdadera naturaleza.
Todo lo que sucede tiene un sentido destinado a cada uno de nosotros, y se inserta de un modo lógico en nuestro camino de retorno a la unidad perdida, que no es otro que nuestro origen en la divinidad, en la Realidad Una y Única, que ahora se presenta como el fin último del hombre, aquel polo de orientación a través del cual podemos liberarnos de toda servidumbre. Las palabras que acabo de pronunciar tienen un sentido diferente para cada uno de los que las leen. Esto es aplicable a todo cuanto sucede a nuestro alrededor.
Todo, absolutamente todo cuanto nos sucede significa. Y a través de la captación directa del sentido de cada acontecimiento particular podemos avanzar hacia el Sentido. Pero, como he dicho antes, en realidad estamos cegados por los objetos, los tratamos como si fueran meras cosas sin sentido, cuyo único fin es el utilitario. Cosificamos el mundo a nuestro alrededor, no somos capaces de ver la vida no meramente material o biológica. Hacemos denso lo que en realidad es fluido, no somos capaces de fluir de un modo armónico con una existencia de la que nos sentimos desgajados, separados por un abismo de ilusiones.
El trascender el mundo objetual no quiere decir separarse de él, sino todo lo contrario. Solo el hombre que ha dejado de proyectar sus frustraciones en las cosas está plenamente en el mundo. Ya no se sitúa frente al mundo como si este fuera el lugar de su miseria, ya no ve las cosas separadas del fin último del hombre, sino como emanados de lo Uno. Los objetos no son ya impedimentos ni obstáculos que deba sortear para lograr su plenitud. No permanece preso del mundo objetual que debe trascender, sino que se sirve de este para sus fines personales, que son fines de naturaleza espiritual.
Entra en un mundo donde todo significa. Pasar del intelecto pasivo a Intelecto en acto quiere decir que el Intelecto desaparece como actividad mental, y se transforma en intuición directa de la Realidad. Deja de ser actividad racional y controlada por el ego, en la medida en que esta permanecía presa del mundo objetual. La razón trabaja a partir de cosas y de ideas, combinándolas y extrayendo leyes arquetípicas, buceando en el funcionamiento interno de las cosas para descubrir sus propiedades, desvelar los secretos de la creación. Esta es sin duda una actividad noble, pero todavía no es la perfección.
Nuestro cuerpo piensa, existe y cumple su deseo de un modo inmediato. No necesita proyectarse en ningún objeto material, ya que se basta a si mismo, se ha auto-realizado a través del auto-conocimiento que le otorga la unidad con el Intelecto Agente.

Fuente Webislam

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