Las cuatro eras del hombre


Un relato inspirado durante la lectura (interesantísima y que les recomiendo) del libro “LA RUEDA DE LOS CUATRO BRAZOS (Introducción al carácter suprahistórico de la humanidad)” escrito por Ibn Asad, autor también de la obra:La danza final de Kali que ya les comenté en este blog.

-¡Cuéntame esa historia mítica de las cuatro edades de la humanidad! He leído que todo conocimiento mitológico o simbólico guarda en su seno imaginario una vedad subyacente, perceptible no con una visión cerrada de la realidad subjetiva y materialista, sino con la razón objetiva que se intuye y se comprende uniendo los tres centros del hombre: instinto, psique y amor. Necesito saber. ¿Puedes hacerlo?
-Te contestaré de manera resumida. Todas las tradiciones encontradas en los arcanos de las distintas civilizaciones de la Tierra, han coincidido, usando su propia terminología y el carácter de su pueblo, en un mismo cuerpo mitológico que voy a tratar de resumirte. Habla de una expresión cíclica del tiempo, y de la creación de la humanidad en distintas manifestaciones cuaternarias, espaciales y temporales, es decir de cuatro eras cada una. Y para que te hagas una idea: la primera duraría en progresión decimal 4/10, la segunda 3/10, la tercera 2/10 y la cuarta 1/10. Y sucedió más o menos así:
En la primera era de la manifestación de la humanidad, de esa de la que venimos siendo los hombres y mujeres de ahora, el hombre era un ser andrógino. Habitaba el norte fijo y radiante del orbe, la región hiperbórea, honrando al sol y a la estrella polar que nunca se apagan. A ese tiempo todas las tradiciones lo llaman de Oro y la sublimación del espíritu gobernaba la materia. Un hombre, puro en su naturaleza, consciente de su unidad con el Centro, gozaba de toda la gracia y todo el poder divino.
Pero como ocurre con toda manifestación cósmica: que nace impecable, única, para luego ir degenerando, multiplicándose, acaeció un oscurecimiento que ha quedado registrado como la Caída, el alejamiento del hombre con lo divino, el segundo ciclo de manifestación humana, la Era de Plata, que si la primera ocupaba el norte, ésta miraba hacia el sur como quien busca en la frondosa calidez de la selva el paraíso perdido. Lo que antes era uno, devino en la dualidad, y el sexo apareció en la naturaleza humana, que a partir de entonces fue macho y hembra, hombre y mujer. Un matriarcado en el que dominaba la receptividad to¬tal y el amor, fue concebido. La mujer gobierna ese el mundo con atributos de sensibilidad y entrega. Pero inevitablemente la casta sacerdotal va degenerando; el orden y la concordia de esos pueblos se anquilosan por una liturgia recalcitrante y sin vigor; la autoridad sacerdotal se polariza y afemina; se acaba dilapidando el recuerdo de la esencia divina por el reflejo acomodaticio de un acopio de egos; y todo se debilita hasta tal punto, que una nueva casta, la guerrera, concibe la determinación de asaltar y tomar el poder.
Nace el tercer ciclo de manifestación humana, la era de bronce, aleación de dos metales, dos virtudes esencialmente maleables que juntas dan la fuerza, la dureza y la incorruptibilidad, el valor de la heroicidad y el honor, sublevado ante un orden sacerdotal decadente. Este ciclo fecunda las tierras del éste. Su reinado es solar, guerrero, basado en la preponderancia del poder temporal Pero ya hemos dicho que toda manifestación tiende a la decadencia. El ardor guerrero pierde su honorabilidad y cae en las garras de la tiranía y de la usura. La dependencia de los oligarcas guerreros para con la casta de los mercaderes, es el principio del fin. Estos conciben sutiles sistemas de dependencia económica con los que logran, más pronto que tarde, el poder de hecho. Esa astucia les permite controlar a la casta guerrera y paulatinamente acaban infiltrados, mimetizados, en las degeneradas y afeminadas curias sacerdotales.
La era de Era Hierro está aquí. El ciclo de manifestación humana centrado en Occidente abre su influencia. El cuarto ciclo gobernado por lo mercantil parece en un principio planificar y fomentar el auge benéfico del intercambio, pero la corrupción es seña indeleble ya en la psique del hombre. El caos se propaga en su inercia: las castas irresponsablemente degradadas: son un hatajo de sacerotes hipócritas sin conocimiento verdadero, guerreros bestiales sin rastro de lealtad ni heroísmo, mercaderes usureros que buscan sólo el beneficio propio. Este escenario confuso impide que cada uno sepa cual es su compromiso y función. Los principios de individualidad y civilización son levantados ahora por los hombres de a pie. Los desheredados heredan la tierra y consideran tomar el mando ante la podredumbre en las clases dirigentes. El hombre masa impone su tiranía que ababa, en el caos de un simbolismo invertido y fatal, por engullir a la propia masa, que cree luchar por su libertad cuando, en efecto, defiende la hegemonía de las viejas castas tras las cortinas del telón. Esta parece el ambiente postrero de la era en que vivimos… el final de los cuatro ciclos de la presente manifestación humana.
La libertad esta oculta tras los velos espesos de una mente materialista, mecánica e imitativa, un cuerpo desarmónico e intoxicado y un espíritu perdido en el recuerdo de un hombre real que ha visto manifestarse a lo largo de eones la decadencia y la grosura y caer manifiestamente sobre su presencia general, cáscara de barro y pellejo onírico de un ser inalterable y amigo del tiempo.

Ibn Asad – La Rueda de los cuatro brazos
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