Aprender a vivir (o Inocencio y el punto de encaje)


Inocencio ha llegado decidido, pleno de convicción, esperanzado incluso, y con la sensación de que esta tarde, por lo menos, va a conjurar su aburrimiento en un lugar donde seguro aprenderá cosas nuevas. Para eso ha venido. Su amiga Claudia le habló de ello, de lo bien que le estaban yendo esas técnicas, de los cambios que había experimentado en su persona, cambios físicos, mentales y emocionales y, especialmente, de lo divertidas que eran las sesiones y de las personas tan interesantes y afines que estaba conociendo. Este fue el motivo principal que lo convenció. Desde su separación expres ha estado muy solo. Sobre todo porque se tuvo que ir a vivir al cortijo y la distancia y el silencio lo han ido aislando. Los primeros meses fueron los peores, por eso se apuntó al gimnasio, pero ya había pasado un año y el ambiente a sudor recocido, papillas energéticas y culto al cuerpo lo tenían enardecido y un tanto hinchado. Al punto de llegar pensar en medio de la masa humana del gimnasio: si seguimos así, esto no hay quien lo ventile.
Esta gimnasia parece distinta. Por lo pronto el sitio es muy hermoso. La casa donde se dan las clases de “pases mágicos” está enclavada en una de las cuestas que bajan hacia el mar desde el barrio del Albaicín de Salobreña. Es una casa pintada de rojo bermejo, con flores, yedras y un pequeño huerto donde se alzan titánicos dos cipreses y una higuera busca la sombra de un olivo viejo. Las vistas son de un cromatismo particular. El azul intenso del mar y el celeste profundo del cielo se unen al enjalbegado de las casas y a los verdes de la vega. El paseo por esas calles merece la pena, y parece en si mismo una terapia apropiada para él.
En el interior de la casa se reúne una docena de personas, todas con ropas cómodas y mirada risueña. Han dejado los zapatos en el zaguán y se distribuyen joviales por el amplio salón entarimado. Inocencio se ha presentado a casi todos, hombres y mujeres, de quienes instantes después no recuerda el nombre. El del maestro sí lo recuerda, César, pues lo ha repetido un par de veces. Aprendió Tensegridad en Barcelona, después de quedarse parado en la crisis de 2007. Y lo más curioso es que “El Nublao”, que es su mote familiar, está siendo profeta en su pueblo, profeta de los pases mágicos, además de regentar con éxito un herbolario junto a su mujer, a quien se trajo hace tres años de Mataró. Lleva una barba que parece recortada esa misma tarde y su mirada de ojos negros ya ha escrutado a todos sus alumnos, incluidos los nuevos, el más nuevo Inocencio que ha creído ver en ese rostro aquella estampa de Jesucristo de los viejos recordatorios.
Les dice que lo que allí van a practicar y aprender deviene de una remota sabiduría, que desarrolla los movimientos del alma, del cuerpo, de la mente, del Ser en su integridad. Pases mágicos que restituyen la energía original, inspirados en la premisa de que al devolver la energía a nuestros cuerpos físicos, se nos despierta un vínculo con la fuerza vital que nos sostiene. Es el movimiento del punto de encaje donde la percepción ocurre. Sintonizar con la fuerza activa y vibratoria del Universo que los chamanes llaman Intento.
Luego dice no se qué de los Toltecas y que lo que percibimos como “realidad” existe en una posición específica dentro del huevo luminoso, que es una especie de bola del tamaño de una persona con los brazos extendidos, receptáculo de las emanaciones, comandos o cuerdas semejantes a filamentos de luz, que se extienden por todo espacio y tiempo, en la totalidad del universo.
Inocencio está un poco desencajado con tanto punto de encaje, tanto filamento y lo peor es que ahora ese Punto de Encaje se tiene que desplazar a la posición correcta a través del diálogo interno y las conductas de vida habituales; o sea, que hay que cambiar de hábitos para encontrar el escurridizo punto, porque esta ciencia no es una propuesta intelectual, no es filosofía, es una experiencia y para comprenderla hay que practicarla, jugar con ella. Y para rematar viene lo de sacar nota, que aunque allí no parece existir la competitividad exacerbada del gimnasio, sí están lo más aplicadillos, su amiga Claudia es una de ellas, y es que la tarea culminante a la que algunos se preparan, es que su Punto de Encaje se “suelte” de dicha posición por algunos momentos, para con ello iluminar nuevas fibras encontrando una nueva alineación, un estado de “percepción acrecentada”, y si el movimiento es suficiente: percibir otra realidad completa.
Inocencio se ha puesto cerca de una ventana, donde el cálido abrazo del sol de la tarde baña sus hombros y sus manos que ya empiezan a tomar las posturas enseñadas por César. Fija la mirada en las palmas, hace dos respiraciones profundas, cierra los puños y sube los brazos por encima de la zona suprarrenal. Luego llega el turno de los pies dando tres pasos que llaman: chasquear, dispersar, deshacer el exceso. De continuo, y meditativos, hay que relajar la sienes usando los pulgares y después las mandíbulas. Más respiraciones hasta el ombligo. Ahora llega el cruce de brazos para colocar la primera falange de los pulgares en los ojos, apoyando los codos en las rodillas, y permanecer unos segundos para luego deshacer el movimiento, y volver a construirlo
Acto seguido Inocencio yace en el piso, boca abajo, con los brazos bajo el pecho y los puños cerrados, mirando hacia la izquierda, con una sonrisa de oreja a oreja, con el cuerpo trasero de una compañera a medio metro y el alma de toda la clase flotando a ras de suelo. Es el momento de permanecer un rato en esta posición examinando el día, siguiendo el flujo de la energía cósmica. La compañera se ha vuelto y le sonríe. No recuerda haberla visto antes y eso que saludó a todos los presentes. Parecen comunicarse sin hablar y esta agradable sensación los lleva a reír a carcajadas.
Por ultimo cesar les contó una curiosa leyenda asiática. Un día, mientras Buda meditaba bajo el árbol Bodhi, el árbol de la vida donde recibió la iluminación, pasó por su cabeza la imagen de la triste condición del hombre: destinado al sufrimiento, la enfermedad, la vejez y la muerte. De los ojos del compasivo Shidarta brotó entonces una lágrima y en el lugar donde cayó en tierra surgió el arbusto del té, la reconfortante poción que habría de servir de alivio físico y consuelo espiritual a toda la humanidad. En seguida el maestro sirvió a sus alumnos una humeante taza de té, dejándoles la advertencia que el mejor té verde de la Costa lo vendía en su tienda.
Esa noche Inocencio no sabe si ha movido su punto de encaje, aunque sólo sea un poquito, pero sí se acuerda de su compañera de la última postura sintiendo un leve hervor en el plexo solar. No sabe mucho de ella, sólo que se llama Amalia, que trabaja en una pizzería del barrio alto y que libra los miércoles, que es el día de las sesiones. Buen dato para que la semana próxima la invite a cenar algo que no sea pizza.
La excursión a Salobreña ha merecido la pena, visitar ese barrio tan bucólico, mover el cuerpo y hacerlo encajar con su mente y emociones, el descubrimiento del sabor y el aroma del té, conocer a Amalia mientras se disolvían sus yoes entra carcajadas, destrabados o no sus puntos de encaje; en definitiva: aprender que se puede aprender a vivir de otra manera.

Franjamares, abril de 2011, Tertulia Entrelíneas

Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s