El eslabón perdido, o el Génesis según Einstein


En el principio había Dios, y Dios creó al hombre, y lo hizo a su imagen y semejanza.
En la oscuridad de la noche Dios se levantó una mañana sin día y miró hacia su soledad sin límites.
Sintió un profundo aburrimiento.
Necesitaba algo con lo que entretenerse y, tras hacer algunas cabalas intemporales, su frente se iluminó. Hartó de mirar a ninguna parte, decidió que había de crear el espacio y, para prolongar la existencia del mismo, el tiempo.
Nadie sabe cuánto tardó, pues aún no existía el tiempo; menos aún con qué medirlo.
Y vio Dios que aquello era bueno, y sintió que su gozo se expandía con la contemplación de aquellos vastos espacios que se multiplicaban con el tiempo.
Pero el tiempo puso límites a su imaginación, y vio Dios su vacío interior reflejarse en aquellos desnudos espacios. Se dio cuenta de su error al crear aquellos vacíos; percibió, así mismo, cómo el tiempo limitaba su espíritu, convirtiendo en monótonas secuencias, en repeticiones insalvables, su gozo primigenio. Su creatividad había quedado limitada por aquellas coordenadas que él mismo había dispuesto. Y, por primera vez, sintió que había cometido un grave error y, por su excesivo alcance, lo llamo pecado. Se sintió expulsado, sin posible vuelta atrás, sin redención, de aquel estado paradisiaco en el que, sin saberlo, había vivido previamente; de aquella nada sin límites que, en su percepción sin referentes, le había resultado tan odiosa. “El mal ya está hecho”, se dijo. Y el sentimiento escapo proyectado y ocupó los espacios infinitos.
Para ponerle puertas al campo, Dios proyectó su infinito espíritu positivo y así nacieron los cuerpos estelares y, tras ellos, la luz que les relacionaba y daba forma. Y vio Dios que esto era bueno y, su creatividad exaltada, comenzó a jugar con las luces y las sombras, con las formas y colores; reorganizando la materia y creando infinidad de vínculos entre las partículas, que chocaban entre sí, bailaban, corrían y jugueteaban en círculos y espirales. Y, por alguna ley que escapó a su control, apareció la vida: materia consciente de ser materia, reflejo del espíritu divino, capaz de reproducirse y aprender, aunque lenta y dolorosamente, con los cambios. Y Dios receló de aquello que, sin proponérselo, había creado.
Pasó muchas eras analizando aquello que progresaba en su universo, escapando a su control.
Reflexionó, como nunca antes había hecho, sobre la posible formación de aquel brote, y dedujo que su origen se encontraba en la curvatura del espacio, que hacía que se envolviese a sí mismo, creándose así la consciencia.
Buscando entre recuerdos futuros, encontró la solución. Se trataba de inculcar un cuadrado en la parte más desarrollada y, por tanto, más vulnerable, del fenómeno vital. No tardó una diezmillonésima de segundo en alcanzar su objetivo: Adán.
Ahora, debido a su irredimible estupidez de haber creado el tiempo, sólo tendría que esperar.

Diego Pérez, abril 2011 Tertulia Entrelíneas, Nerja, Málaga

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