Los dueños de la usura


Record de ejecuciones hipotecarias en la provincia de Granada en 2010, más de 2500 y un millar de desahucios.

Esto no es para cuentos pero permítanme que les cuente uno:
Alex ha llegado a la idea, no sin un repentino y caótico estado de desesperación, precipitado por el molde roto de la última crisis, de que su persona, la que respira unas doce veces por minuto, la que se ve en el espejo unos segundos al día, la que siente bajo su piel constantemente y que suele tener la mente llena de una moralla de pensamientos, está conformada de una manera sorprendente. Ha descubierto que es múltiple. Es decir, que no es un solo ser, llamado Alejandro, con una historia personal determinada y que había dedicado su vida al oficio de la carnicería, sino por una multitud de pequeños yoes, personalidades diferentes y antojadizas, una pequeña jauría humana en la que uno se comportaba por instinto, otro impulsado por la vanidad, otro por ardores de soñador, y alguno de ellos arrastrado por la desconfianza, la ira y hasta la maldad.
Esta es la tragedia del ser humano, y la de las sociedades en su conjunto, que cualquier pequeño “yo” tenga tanto poder como para firmar hipotecas y pagarés y que sea el hombre, o sea, la totalidad del individuo (la totalidad de un estado), el que deba hacerles frente, en las maduras y en las duras, sin otro remedio que el sacrificio perpetuo, el desahucio económico y hasta personal, o la huida total, casi siempre hacia ningún sitio. Vidas enteras transcurren así, pagando las deudas que contrajeron los pequeños “yoes” ocasionales. Los dueños de la usura siempre lo han sabido, por eso hay épocas fatuas en las que progresa aritméticamente el dinero deuda, en la que una miríada de “yoes” insensatos, censados por cualquier hacienda del mundo como personas físicas, firman la tremenda trampa, con la que desearon tener ese coche estupendo, esa casa mejor, o simplemente vivir a todo trapo por encima de la sensatez y a imitación del paradigma consumista, tan atractivo como objetivamente inhumano.
Alex ha huido. La deuda del banco acabó en el juzgado y desde allí aniquiló las seguridades y rutinas de su vida. Perdió el piso de doscientos metros, el negocio de la carnicería, al que siempre trató con respeto: desde su comienzo en el oficio le imponía tanta anatomía animal descuartizada; y acto seguido creyó perder la fe en sí mismo y la de su familia. Incómodo en la cola del paro, en la que nunca había sacado turno, no lo pensó más, y su yo dudoso y asustado lo arrastró a la fuga. Tiró el papelito del número a la papelera y hasta la fecha no lo han vuelto a ver por su barrio ni por la ciudad. Como había ideado unos días antes, se marchó con lo puesto. A su mujer le dejó una carta con pocas letras; a su hijo le dejó en la puerta del cole un abrazo y un beso inesperado que el zagal casi le rechaza; a los colegas de tasca les dijo la noche antes que ya nos veremos; y a los del banco les había mandado la mañana antes un paquete con un montón de recibos pagados y cuarto y mitad de criadillas de cerdo que seguro llegaron podridas. Ahora es una persona física desaparecida.
Un yo cobarde y acomplejado empezó a prosperar en él, se adueñó de su energía. El viento de levante soplaba con fuerza en esos días de marzo, cuando cambia la estación y las personas sienten esa fluctuación profunda que los puede volver del revés y colocar de manera instintiva en la pista de otras alternativas de vida.
En su huída, Alex logró llegar al lugar donde la vida, hacía ya tiempo, valía menos que nada. Arribó a Afganistán estimulado por el sol ardiente de un pálpito íntimo. Allí conocía a un buen amigo, Hamid, que conoció cuando prosperaba su negocio de la carne. Importaba producto Halal afgano para sus clientes musulmanes de la carnicería y aquel hombre de bigote amplio lo trató siempre como un hermano, jamás notó en él el mínimo asomo de engaño. Estuvo incluso invitado en su casa de Kabul y bebió el te de manos de su esposa. Después de la invasión militar se cortaron los negocios pero no la amistad. Aún guardaba un número de teléfono y una dirección.
Cuando dio con él, Hamid, luego de reconocerlo, se le abrazó con fuerza. Un reencuentro inesperado que emocionó a ambos. Luego tomando el te el viejo amigo le dio un consejo:
-Alej, amigo, sabe que las casas hay que hacerlas con cuidado, con atención plena, poniendo las fuerzas en un solo punto, justo en lo que se hace, para ser plenamente efectivo; pero la gente en occidente quiere abarcar demasiado, como si fueran muchas personas en una y cada una tuviera un apetito, y como dice el refrán afgano: quien mucho abarca poco aprieta.
Ese refrán también es español, Hamid.
Seguro que sí Alej. Nuestros países fueron hermanos en los años dorados de la Umma. Mañana mismo te preparamos la cedula de defunción. En este país ya nadie pregunta quien muere, ni siquiera si el fiambre es occidental… ¿Y para qué quieres morir, Alej? Bueno, sé que está lo del seguro de amortización del banco. Que tu mujer quede sin deudas. Pero eso de hacerte una nueva vida en este país, me parece increíble.
-Seguro que quieres vivir aquí. Terció Joumana, una de las hermanas menores de Hamid. Este es un mundo donde no puedes decir lo que piensas, no puedes vivir lo que dices y tampoco puedes vivir en público lo que vives en secreto. Esta duplicidad absurda nos transforma en criaturas esquizofrénicas, poco auténticas. Una de las razones de esta duplicidad son esos tabúes absurdos que estamos viviendo en el mundo árabe, impuestos por la postura fundamentalista de la religión o por los regímenes dictatoriales. Y seguro que también por esta guerra.
-Lo que me ocurre, amigos, es que ahora me siento como una especie de peregrino, y un peregrino siempre está en la difícil tarea de encontrar. Y algo me dice que en esta tierra puedo encontrar lo que busco.
-Amigo Alej, si estamos obsesionados en la búsqueda, nunca encontramos; es cuando dejamos el afán de buscar lo de afuera, cuando aparece el reflejo de lo de adentro, uno mismo, y ese es el gran encuentro… Bienvenido Alej.

Franjamares, marzo 2011 Tertulia Entrelíneas, Nerja, Málaga

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