Ibeyi, Soul electrónico afrocubano


Las hermanas Ibeyi, nueva luz de la música cubana del siglo XXI. 

 

 

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La vista, poema ciego.


Veo veo, ¿qué ves?…

Mis ojos creen que ven…foto0023

la mente sueña despierta que ha visto.

 

Tengo la vista y soy afortunado por ella,

si no la tuviera mi mente tal vez sintiera

las luces que mis ojos ahora ignoran.

 

Veo el viento correr por esa colina

subiéndose a las copas de los árboles.

Veo nubes de lluvia guiñar en siete colores

bajo la cúpula azul del cielo.

Veo el verbo brotar de mis labios muertos,

como suspiro sin aliento, y renacer luego

en el alvéolo del gran espejo.

 

Veo y miro,

soy hombre y respiro el presente perfecto

que la luz me presta.

Gozo de vista y sueño despierto,

de imaginación padezco.

 

Miro el mundo de mis ojos desenfocados,

parte amputada de mi pensamiento,

caos y belleza… luz diamantina del gran orgasmo.

 

El gran sentido nos mantiene alertas,

entornamos la mirada para seguir viendo.

Solos, despertamos oteando las sombras de un día ininterrumpido,

otra mañana luminosa, otra tarde de noviembre que nos hiela

con sus brillos y sus formas.

 

¿Soy feliz dentro del pellejo, responsable de mis huesos,

consecuente con mi sangre? Gota de sangre del mundo viejo.

 

Miro tus ojos y veo en ellos el amor que te tengo;

con la vista puedo masticar tu deseo, comerme tus besos,

sentir juntos la cópula mágica del sueño.

 

Franjamares, noviembre de 2016.

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A moment of Warm (Tiempo de Guerra). Novela de Laurie Lee


A moment of Warm (Tiempo de Guerra)dsc_0059

 Novela de Laurie Lee

He de confesar que tengo una especial debilidad por este escritor británico que se acercó a España en uno de los momentos más cruciales de nuestra historia (también a Almuñécar a la que llamó en sus libros Castillo).

De él he leído varios libros, “Cuando partí una mañana de verano” y “Sidra con Rosie”. En ambos deja clara constancia de su sensibilidad y sus dotes narrativas, pero “A moment of Warm” está siendo un nuevo y apasionante descubrimiento. No sólo porque de nuevo despliega todas sus habilidades como escritor, sino porque se acerca de una manera clara y directa a los terribles acontecimientos que sacudieron España durante el transcurso de la Guerra Civil.

Creo que su aportación más importante es que cuenta sus propias experiencias (lo que dota a la novela de una gran fuerza y autenticidad) y, además, desde un punto de vista imparcial y humano, ya que ni pertenecía a ningún partido político ni era español. Su visión está dotada por tanto de esa objetividad sólo empañada por sus propios sentimientos y sensaciones.

Su gesta fue particular, cruzó solo el Pirineo en el invierno de 1936 con la intención de apoyar al gobierno legítimo de la República y como consecuencia se unió a las Brigadas internacionales. Pero su mirada es en todo momento crítica, expectante, a veces perpleja, muchas otras triste y desolada, en medio siempre de todas las circunstancias, paisajes e historias humanas que giraban en torno a tan dramáticos hechos.

La lectura de “A moment of Warm” no deja indiferente, porque el autor, como espectador, contempla todo cuanto está ocurriendo a su alrededor y lo narra, dejando que sea el lector el que saque sus propias conclusiones.

Sin duda una recomendación literaria con la única pega de que, inexplicablemente, no está traducida al castellano. Aunque puede ser una invitación a practicar nuestro precario inglés ahora que es “casi obligatorio” un título de B1. Por cierto, una pregunta tonta que me hago, siendo el español uno de los idiomas más hablados del mundo, ¿es obligatorio también en otros países un B1 de español?

Por otra parte, ahora que políticamente estamos recogiendo los frutos de una transición que como decía el filósofo asturiano recientemente fallecido, Gustavo Bueno: no fue tal, sino una metamorfosis del antiguo régimen franquista, quizá vivamos en un nuevo tiempo político, un momento para mirarnos en nuestra  historia. Y qué mejor para ello que leer “A moment of Warm” de Laurie Lee.

Begoña Ramírez, Octubre 2016

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Simón y Cerveza


perrita cofradeSimón Y Cerveza

(Relato ganador del Primer Certámen Fac Quod Agis de relato de Segovia)

Dicen que los perros acaban pareciéndose a sus dueños, y no solo por un cierto aire familiar en su fisonomía, sino en los propios humores que conforman parte de su ser y hasta en los vicios cotidianos compartidos con sus amos. Sin embargo, Cerveza, una perrita callejera con tantas leches en su sangre como nobleza en su comportamiento, es un can diametralmente distinto a su dueño.

Simón, su amo, que la recogió siendo un cachorro, ahorrándole un ahogamiento seguro, y le puso de nombre Cerveza por su pelaje rubio, parece un tipo frío y descreído. Su tema recurrente siempre fue contar sus batallitas del frente, afirmando que había sufrido los peores desafíos durante la guerra civil y las más infames humillaciones durante la eterna posguerra.

En pleno fragor del conflicto, con su naranjero como compañero inseparable, había disparado en incursiones campo a través y bajo las trincheras hasta achicharrarse las uñas, quemando toda la munición que caía en sus manos, aquella que llamaban mexicosky, por no saber a ciencia cierta su procedencia (si de México o de los rusos). Por lo que disparaba contra los uniformes fascistas y los mercenarios marroquíes, con la mecanicidad propia de un joven asustado que pronto la guerra hizo temerario pero nunca despiadado.

Cuando perdieron la última batalla, y con ella la guerra, quedó prisionero y estuvo tres años en un campo de concentración comiendo raíces, hormigas y lagartijas. La comida que algunos familiares entregaban a los guardias para los presos, era quemada en acto público en el patio, haciéndoles cantar el Cara al sol mientras sus tripas se retorcían en el vientre con un dolor ciego de hambre y de humillación. Pero como el destino no quiso que muriera en aquel pincharral valenciano de Turia, se lo llevaron con otros que como él aún guardaban resuello, a la sierra de Madrid, a un valle que el dictador quería horadar en la roca, para hacerse una sepultura a imagen de su hinchada vanidad. También sobrevivió de aquel túmulo donde cayeron otros con menos salud o con las ilusiones de vivir sumidas ya bajo el fango.

Regresó al fin a su pueblo de la costa de Granada. Conoció a una mozuela que le dio a probar un arroz casi pasado, pero muy cremoso y con choco, como a él le gustaba. Como la moza tenía un cortijillo de secano pero con un antiguo pozo de agua, allí ventilaba sus malos humores, allí se olvidaba de la mezquindad hiriendo a la tierra negra y fértil, con cuyo fruto vivió mal que bien hasta que el desarrollo llenó el pueblo de grúas, trocó al campesino en albañil y recibió con picardía y hospitalidad a los incipientes turistas.

Cayendo a la basura el vigésimo sexto almanaque tras su regreso, la pelona visitó de repente su casa y en algo más de tres meses se quedó viudo. Pronto los hijos hicieron su vida y él se arregló como pudo en el cortijo, desde donde oía por el transistor, más descreído que ilusionado, los últimos estertores del régimen.

En los primeros años de reinado del Borbón, tenía una barca varada en la playa, junto al chiringuito del hijo de su compadre, donde hacía espetos de sardinas, a seis por caña, baratos y nutritivos. Clavada en la arena de su barca espetera, Simón tenía puesto un mástil de hierro con una bandera franquista bocabajo. Dado que es por así decir el dueño de aquel rodal de playa, y ya la insignia no es más que un trapo, nadie le dice nada por el chiste, ni siquiera alguno de esos fachas (como él los llama) que obtuvieron el pisitos frente a la playa y que, cada mañana de julio, lucen bigote y bermudas cara al sol con la sombrilla a cuestas.

–Los que plantaron en España a ésta –decía señalando la bandera–, me tuvieron mascando polvo más de cinco años; pero no pudieron conmigo. Pues ahora me toca a mí, hasta que me muera así la tendré, pichabajo, arrestá.

La perrita Cerveza, colocada a la sombra del gran eucalipto, solo movía el rabo cuando pasaba junto a ella alguna guiri risueña y colorada, que le sobaba el lomo y el hocico. Porque los pleitos mentales de su amo parecían darle lo mismo.

Pero volvamos al principio. Era en Semana Santa cuando las diferencias entre can y amo se hacían más latentes. Nada más oír los tambores y cornetas, Cerveza daba un pingo, agitaba el rabo a toda prisa, saltaba la verja de la casilla del barrio del Castillo adonde ahora vivía con su amo y salía para la iglesia al encuentro de la procesión. Entonces Cerveza se colocaba a la cabeza, delante del pendón, y alzaba las patitas de delante, las cuales de vez en cuando abría en cruz ante la admiración de todos. Tanta devoción despertaba la perrita que el hermano mayor al que apodan el Abejorro, la hizo hermana cofrade, mandándole a la modista que le confeccionara una pequeña túnica del mismo color morado de los penitentes, con la que marchaba desfile tras desfile, un santo tras otro durante todo el itinerario, hasta que al fin se encerraban en la iglesia a altas horas de la madrugada.

–Ya va otra vez para allá dándose las patadas en el culo, el borrego la legión –le decía Simón a su perra.

Sin embargo, por los imperativos morales de aquella libertad por la que luchó, la dejaba ir y actuar libremente en tal pantomima. Y siempre actuaba en el mismo puesto, delante de todos: del estandarte y los obispillos de cabeza; de la retahíla de músicos, mantillas y capirotes; de las autoridades militares y civiles; y de los santos. Sólo a veces el tonto del pueblo le tomaba la cabecera agitando alegre su pañuelo blanco.

Cuando regresaba la perra cofrade, Simón, que la había esperado despierto oyendo la radio, le quitaba la túnica morada, le ponía de beber y de comer y le decía con sarcasmo:

–Cuando aprendas a ladrar saetas ese meapilas del Abejorro te hace hermana mayor.

Cerveza gimoteaba entonces mostrando su cansancio; se enroscaba junto a la puerta, en su vieja manta, y cerraba sus ojos de arcilla para dormir placidamente.

En las escenas del sueño que venían pronto a su mente, cuando se apagaban unas luces para encenderse otras, Cerveza se veía de nuevo en la procesión. Pero ahora sentía la presencia de su amo junto a ella, y todo el pueblo los seguía en un clamor emocionado, y los acompañaban con músicas vibrantes que tomaban extrañas formas, e incluso algunos les cantaban canciones sentidas muy hondo. Y todos probaban luego las sardinas doradas que habían salido de la barca de su amo, aquella que tenía la bandera del águila bocabajo.

Y en ese idílico momento Cerveza no parecía tan distinta de su amo, a pasar de que en la otra vida, esa que se alterna con el sueño, jamás hubiera olido en su ánimo, ni en sus botas, las ganas de asistir con ella a una de sus procesiones.

Francisco Javier Martín Franco (2014) –  Franjamares, mayo de 2016

 

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El célibe desposado (relato sobre un cura casado, 2ª parte)


Segunda parte

2_fmtAl día siguiente ya me encontraba esperando en la cafetería desde mucho antes de las cinco. El misterioso sacerdote llegó tarde y se le veía un poco trastornado. Con cierta indiferencia se encaminó directamente a su mesita preferida, tal que ignorase mi presencia en ella o quisiera prescindir del saludo. Alzó el brazo para llamar a la camarera, se sentó, pidió su copa de anís y dijo después de beber, más aliviado, como si le hubiera sido preciso aquel trago.

–¿Tiene usted novia, joven?

–Bueno, ahora… las cosas son distintas. La gente de mi edad… En fin, tengo amigas, pero nada serio.

–El amor puede ser serio pero si antes fue divertido. Gran trabajo el del Creador, que nos hizo de agua, de fuego y de barro y a ese monigote le dio, como el mejor de sus regalos, un soplo de amor y una llamita de entendimiento. El amor es ese soplo que puede avivar la llama o puede apagarla. Es la atmósfera de la vida.

 Esa poesía suya de frase hecha sonaba bien en su voz grave, aunque distorsionaba con el resto de su presencia. De todos modos, tras otro trago, prosiguió sin dejarnos tregua, ni a mí ni a él mismo.

–Mi mujer se llamaba Paloma y era de un pequeño pueblo de la Alpujarra, y de una familia de labriegos. Había venido para sustituir a la señora que hacía las tareas en la casa de la iglesia, Clotilde, pues había caído enferma; ella misma recomendó a la muchacha por ser amiga de su familia. Aquello fue providencial. Una muchacha casadera y hermosa y un hombre joven y ya a pleito, quiero decir, sosteniendo una lucha interna contra un juramento; imagino que sabe a cuál me refiero… ¡Madre mía!: unas caderas de mujer, un vientre de hembra, una voz femenina, un olor a pureza y un gusto a perdición, todo eso en la primera semana de cuaresma. Antes del trigésimo cuarto día (último antes de pascua), se nos aventuró una semana de pasión y muerte, que acabó resucitando entre ambos un amor imposible.

–¿Imposible?… ¿Acaso ella volvió a su pueblo?

–No. Imposible de contener… La primavera entró en nuestra casa, los pajarillos se devoraban en los árboles del jardín y nosotros hubiéramos querido también hacerlo. Todos los boleros que cantaban por la radio sonaban para ella y para mí; nos habíamos enamorado y el deseo del amor compartido acabó revolcándonos –hizo una breve pausa, como si pensara que no había usado el verbo adecuado–… juntos en una calurosa y húmeda tarde de verano, una tarde de luces anaranjadas y que olía a celindas.

–Es una historia muy bonita.

–Fue una chaladura, una chaladura compartida, que tuvimos que vivir, pero de la que siempre me sentiré dichoso. En fin, tuvimos que ir arreglando las cosas para que pudiéramos estar juntos. Ella me visitaba a escondidas poniendo como excusa distintos pretextos. Hasta que después de Navidad, Clotilde dejaba definitivamente la casa debido a sus problemas de salud y Paloma se quedaba al fin con su plaza, como la criada interna que todo presbítero necesita.

»Las cosas también cambiaban durante esos años en España; se relajaban las costumbres al tiempo que se acortaban las faldas; se gritaba en las calles la libertad y se jadeaba también la violencia. Todo cambiaba de una manera vertiginosa, pero también gatopardesca, aunque esa es materia para otra historia. El año de las primeras elecciones se quedó embarazada de nuestra hija y por eso ideamos una absurda historia, un culebrón que no obstante convenció a la familia. Paloma había conocido a un muchacho que estaba haciendo la mili y que decían que era del partido Carlista (su novio postizo), el cual la había seducido prometiéndole formalidad pero había desaparecido del mapa cuando supo que la moza estaba preñada y quería tener el niño.

–¿Y por qué del partido Carlista?

–No se me ocurrió otra afiliación mejor para el muchacho, que en verdad existía y era de Pamplona, solía pasar por mi parroquia muchas de sus tardes de asueto. Además, esa querella decimonónica entre Borbones le daba al asunto un tinte más realista y convincente. Todos pensaron sin haberlo conocido: “claro, es que era de esos, de los carlistas”. Y el abuelo rumoreaba entre dientes: “esos eran los peores, mira que dejar a la nieta preñá y no casarse con ella”… Pero nosotros sí que nos casamos. Yo mismo procedí con la ceremonia en mi propia parroquia; teníamos los cuatro mejores testigos que se puedan pedir: el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo y María, nuestra hija…

El cuadro que describían sus palabras, pudiera haber tomado un cierto tonillo de blasfemia, de sacrilegio. Pero lo decía con tal naturalidad, que solo provocó en mí (y creo que en cualquier observador sin prejuicios) la sonrisa y hasta la complicidad. Apuró de pronto su bebida y giró la cabeza de un lado a otro como si quisiera hacer crujir los huesos y tendones de su cuello.

–Tempus fugit –reanudó con el latinazgo–. Sí, fue pasando entre sabores, sinsabores y cuchicheos… La niña crecía, lo normal: se vistió de comunión, años más tarde de gótica… Parecíamos una familia normal, aunque para la niña en vez de “el papá” solo existiera “el padre”.

–¿Nunca se lo dijeron a su hija?

–Íbamos a hacerlo cuando fuera algo más mayor, pero se precipitaron las cosas. Un nefasto día, mi mujer cayó enferma de pronto. Comenzó con vómitos y en ellos había sangre. En el hospital le hicieron varias pruebas de urgencia y antes de una semana ya lo sabíamos: fueron rápidos y claros. Le especificaron un cáncer avanzado en el estómago; no hubo tiempo ni para la radioterapia y falleció seis meses después.

–¡Cuánto lo siento! Estos cánceres de estómago dicen que son los peores.

–En diciembre hará veinte años… Luego mi hija se fue con una hermana de Paloma, la tía María, y al año siguiente se casó, pero afortunadamente le va bien. Ya habrá cumplido los treinta y seis. Desde que nos dejó su madre, apenas me visita, solamente alguna que otra Navidad, pero siempre suele mandarme una postal de felicitación.

»Habíamos llevado una vida de engaño. Saliendo de viaje a escondidas, yo sin ejercer de padre, el padre que de verdad necesitaba mi hija. No pudimos siquiera pasear todos juntos por algún parque como una familia normal.  Era una vida extraña y dura, sobre todo para mi mujer… Fui durante años un marido a medias, un padre a medias y, tal vez, un cura a medias. Mi vocación de sacerdote sin embargo nunca desfalleció. Quería a mi familia pero también a mi parroquia. Mi mujer se sacrificó y aceptó aquel papel secundario, aunque nunca sumiso, de esposa secreta.

–¿Nunca sospecharon sus parroquianos? –pregunté extrañado de que un secreto como ese nunca saliera a la luz–  ¿Y la Iglesia?

–Antes de que Paloma enfermara, ya se oyeron rumores. Pero claro, nosotros fuimos los últimos en saberlo. Quiero decir, yo solo; pues mi mujer nunca lo supo. Un cura de la diócesis vino a visitarme y tuve que confesarme con él. No hizo falta nada más. Ella murió antes del año y con ella los rumores.

El sacerdote volvió a remojar sus labios en el anís. Luego miró su reloj. La liquidez de sus ojos se había acentuado y el temblor en las manos también. Quise decir algo, pero comprendí que era mejor callar, seguir prestándole mi oído, acaso mi comprensión.

–En toda esta vida –prosiguió hablando con la mirada perdida–, de lo único que guardo resentimiento, es de no haberle dicho la verdad a mi hija… Ahí fui tan cobarde como cuando el apóstol Pedro negó por tres veces a Jesús. Pero todas las otras mentiras cometidas durante tantos años se las confesé al Único con quien debía justificar mi actitud ante la vida. Y su respuesta siempre me fue propicia.

–¿Y por qué no se lo dice ahora a su hija? Nunca es tarde.

–Ahora el muro es todavía más alto. Además, puede que piense que lo hago porque me siento viejo y necesito la ayuda de una hija.

–Pero se olvida de una cosa, padre. Ella también tiene derecho a saber quién es su verdadero padre.

–¡Calle! No insista –dijo casi gritando— ¿No entiende que ella ya lo sabe, pero recrimina mi cobardía con su indolencia, por no habérselo dicho personalmente?

Me quedé sin palabras. Pero ya imaginaba quien podía habérselo contado a la muchacha. Ese cura de la diócesis.

–Un día recibí una postal de Canarias. La mandó mi hija en su viaje de bodas… Ya ve, en un solo año se había muerto mi mujer (como una santa) y todo había acabado para mí de la peor manera. Me lo merecía. Me lo merezco. Por eso la vejez me ha devorado en pocos años. Y para colmo este sueño monstruoso que ahora he tenido, adonde los indios eran también cardenales y estos laceraban mi sexo como agravio. Nada tiene sentido… o acaso haya perdido la fe. –se lamentó incidiendo en mí con una mirada que costaba sostener.

–Joven, quiero que escriba mi historia pero no la publique hasta mi muerte… Sí, hasta mi muerte, que presiento perentoria. ¿Lo hará?

Al oír aquello advertí una sombra enfermiza eclipsando su semblante. Un rastro que ponía énfasis en las palabras “perentoria” y “muerte”, como si ésta no distara mucho de acontecer.

–Me impresiona lo que dice –respondí–. Yo lo encuentro aún con mucho brío, vamos, con carrete para rato. Y permítame ahora que le diga lo que yo pienso. Yo en su lugar no sé lo que haría, pero desde aquí, desde este lado de la mesa, creo que lo mejor que podría hacer usted es llamar a su hija, contárselo todo y darle un abrazo. Tal vez ella lo siga esperando.

El viejo sacerdote ya no volvió a abrir la boca. En ese momento, sin mirar siquiera su reloj, se levantó extendiéndome la mano que estreché con más aplomo que viveza.

–Ricardo –dijo de nuevo–, me llamo Ricardo, Joven.

–¡Ricardo! ¡Qué casualidad! Igual que yo—me sorprendió aquel guiño de la providencia–. Gracias tocayo.

 Sin más demora, se marchó con su andar cansino. Llevaba su pequeño bolso bajo la axila, la negra boina cubriendo su tonsura y un halo de misterio y pesadumbre que no sé si podré plasmar cuando escriba sobre tan peculiar revelación; y eso, si es que llegan a surgir las palabras dichas y oídas durante aquellas dos tardes de inicios de otoño.

franjamares, mayo de 2016.

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El célibe desposado (Relato sobre un cura casado)


El papa Francisco deja “la puerta abierta” a que los curas se puedan casar

“Al no ser un dogma de fe, siempre está la puerta abierta”, dice el pontífice...

El célibe desposado (primera parte)

curas-jubiladosLo conocí en Granada. Acudía a diario a la misma cafetería que yo, y solía tomar casi siempre la misma mesa en un rincón junto a la máquina de tabaco, desde donde se divisaba el movimiento de la calleja de atrás. Allí dejaba transcurrir casi toda la tarde. Era un cura sexagenario, alto y enjuto, con las manos algo trémulas y la mirada líquida y curiosa. Invariablemente permanecía ocupado en alguna lectura o tomando notas sobre un pequeño cuaderno.

Una tarde me decidí y me acerqué a su mesa. Tras presentarme, el clérigo me recibió con asombrosa llaneza, como si ya esperase mi visita; y me ofreció sin más tomar asiento.

–¿Es usted escritor o periodista, joven? –preguntó enseguida.

–Soy estudiante de Filología y me gusta escribir –contesté observando más de cerca y mejor su rostro, lívido y arrugado, mientras un leve dulzor de aguardiente flotaba en su aliento (la apurada copa sobre la mesa lo delataba) y una veta de alcanfor y cera de iglesia parecía surgir de su oscuro ropaje.

–Quizá sea usted entonces la persona que necesito o, mejor dicho, la que estaba esperando. Tengo una historia que contar, algo íntimo… un relato de mi propia vida… No crea, yo también lo he estado observando… –su sonrisa heló mi sangre– y sé que puedo contar con usted, sus manos son grandes y sus ojos sinceros…

– Si usted lo dice –declaré por decir algo.

Miró entonces hacia la calleja, viendo a la gente que pasaba, adultos y niños, hombres y mujeres, cada cual a sus cosas y su destino. Entonces, con la complicidad propia de alguien con quien te uniera una vieja amistad, comenzó a charlar modulando una voz grave y elocuente. Y menos mal que su verbo era así, porque aquello que narraba era cuanto menos desquiciante.

–Los tremendos indios sioux y arapahoes, que luchaban juntos, vestían lobas bermejas o púrpura y anillos con sólidos sellos de oro ornamentaban sus dedos amenazantes; unos montaban a caballo, otros iban en carrozas; unos lanzaban flechas de fuego, otros jabalinas de plata. Eran una extraña mezcla entre dignos jerarcas de la Curia vaticana y fieros indios de las praderas de Montana. Aquel ejército de enfurecidos diablos rojos con sotana, con sus rostros ajados y atezados por los vientos, habían dejado a su paso un reguero de sangre, sangre de mis compañeros: una horrible masacre. Hombres mutilados (a algunos les habían cercenado las orejas), exánimes y desnudos, con sus cabelleras arrancadas. Yo era uno de ellos, sentía el ultraje y el horror en mi cuerpo; tenía un disparo en la sien, otro en el pecho y estaba sentado, agonizaba entre estertores, o ya muerto y despojado, con el cráneo al descubierto y con una flecha clavada en el pene… sí, en el pene –reiteró el cura que observaba en mis ojos el inopinado espanto de quien escucha a un loco–, al modo cheyén

–Vaya sueñecito –solté distendidamente.

–Ni que lo diga… Sin embargo, aquella escena tan salvaje la vivía con crudeza pero también con cierta seguridad, por tener la conciencia, dentro del sueño, de que eso era todo: un sueño, una horrenda pesadilla.

–Menos mal.

–Y con tanto meneo me desperté bruscamente, muy excitado. Aquella vivencia en sueños que acababa de sufrir, debía tener alguna explicación; y, créame, no dejaba de reflexionar sobre ello…

El enigmático cura se puso a cavilar por unos instantes, lapso en que pensé en un libraco con el que me topaba siempre por casa: lo encontraba sobre el lavabo del servicio, encima de un radiador, sobre el microondas… Sus pastas ocres delataban solo su título y su autor: “La interpretación de los sueños”, Sigmund Freud. Y es que mi compañero de piso (estudiante de psicología) andaba leyéndolo sin premura alguna, como uno de esos sueños repetidos, que pueden acabar en pesadilla.

–Tal vez poseía para mí –dijo ahora el sacerdote como si buscara en las antípodas de su mente– un doble motivo. Dos asuntos que últimamente me habían venido afectando; el uno, más antiguo, casi tan viejo como yo mismo, de una manera profunda y constante; el otro sólo parece ser el resultado de mi última lectura, un librito que me enganchó. El primer asunto era el fondo del sueño y el segundo acaso la forma. El fondo señalaba mi difícil situación dentro de la Iglesia, de ahí quizá la doble identidad de los indios, también jerarcas episcopales, con sus lujosas lobas carmesí y sus gruesos anillos de oro. La morfología extraña del sueño (la escena) era el retrato de los fieros pieles rojas luchando encarnizadamente con sus flechas y hachas de siempre y con sus flamantes armas de fuego.

 »Aquella misma noche me había quedado dormido leyendo un emocionante libro sobre Mark Kellogg, el reportero que en 1876 murió junto al general Custer y su batallón de unos 225 hombres, en la terrible batalla de Little Bib Horne. “El hombre que hace hablar al papel”, como figuradamente lo llamaban los indios, tomó, en aquella jornada de la contienda, un día de junio tórrido y ceniciento, algunas notas de lo que iba a ser su gran reportaje, pero no pudo acabarlo. Cayó con el pequeño grupo en el que iba en una emboscada urdida por los guerreros de Caballo Loco, poco antes de que el resto del Séptimo de Caballería fuera también presa de la furia india. Me impresionó la forma en que los pieles rojas abandonaron los cuerpos de los soldados ya abatidos. Los dejaron desnudos y con sus cabelleras arrancadas. El reportero fue el único al que le respetaron los atuendos, acaso porque sabían que no era militar. Pero lo peor fue el ultraje al cuerpo del general Custer, a quien, además, le habían hincado una flecha por el falo (el símbolo del poder, no sólo para los indios), como la más humillante de las afrentas. En mi sueño yo había tomado el papel de Custer, viéndome herido y deshonrado en mi propio sexo. Tal vez porque me sentía y me siento merecedor de un castigo por haber violado mis votos de castidad; punición que fue simbolizada de este modo, tal vez por la impresión que me había causado la lectura del libro de la masacre de Little Big Horne.

Aquella infracción de sus votos de casticidad lo había mencionado el cura de pasada, como si nada; pero su garganta y su ánimo pronto acusaron tal confesión. Así que llamó a la camarera y le pidió otra copita de aguardiente, invitándome a que yo tomara lo que quisiera.

–Un café solo, por favor –demandé de la camarera esperando que la cafeína prendiera las luces de mi cerebro.

–Sí. Había profanado un juramento –prosiguió el cura tras beber de su copita, mostrando su índice más tieso que nunca entre las vaharadas dulces y acres de su respiración–. No podía ser casto ni célibe y al mismo tiempo poseer la fuerza necesaria para seguir viviendo como dador de la palabra de Jesucristo, nuestro Señor, de Dios, como sacerdote de la Iglesia Católica. La llamada del Espíritu Santo, había golpeado mis sienes desde pequeño hinchando mi corazón de gozo y amor al sentir una fe que nacía en mí y moraba en cuantos me rodeaban. Quería vivir la palabra de Cristo de veras; no era sólo una vocación emanada de la tradición de la familia a la que pertenezco, una estirpe vinculada desde siempre al seminario y al Clero.

 »Entiendo que ser un hombre integral significa tener también sexo; aunque esto para mí haya sido siempre lo de menos. Yo amaba a mi mujer, como persona y también como mujer. El sexo, si está ligado al sentimiento puro, es importante porque une más a la pareja… tanto que en ese mágico momento se acaba siendo uno solo. ¡Y eso mismo es el santo sacramento del matrimonio! –dijo casi gritando–: ¡Hacer de dos carnes una y de dos almas una sola!

Una mujer que se había acercado a sacar tabaco de la máquina, al oír el arrebato del sacerdote, miró hacia nosotros extrañada, pero pronto esbozó media sonrisa, como si ya conociera al importante orador. El cual, como respuesta, esbozó para ella un cumplido gesto de saludo.

–Yo conocí a mi esposa siendo ya sacerdote –reanudó bajando el volumen, mientras veía marchar de espaldas a la mujer del tabaco, que vestía un ceñido pantalón vaquero–. Por entonces, un clérigo abatido y depresivo llenos de reproches internos a ese juramento que me coartaba como individuo al vetarme como hombre… ¿Para qué sirve el celibato obligatorio? –Volvió a subir el tono–. En la antigüedad los sacerdotes podían casarse y tener hijos, llevar una vida cristiana en el seno de la institución primordial del Cristianismo: la familia, la propia familia del sacerdote. Posteriormente, ya en la edad media, en uno de los concilios se impuso el celibato obligatorio. Tal vez fuera por intereses económicos: así se evitaba que los bienes legados por un clérigo desaparecido pudieran recaer en su mujer y sus hijos, revirtiendo todo en la Iglesia. O acaso fuera por la lucha implacable contra las pasiones y tentaciones de la carne, tan auspiciada en esos años y los postreros por el Santo Oficio. Quizás el hombre despojado del peso de la carne y las pasiones de hombre por decisión libre y voluntaria, logre que su espíritu, como un globo sin lastre, pueda elevarse mucho más y alcanzar la beatitud y el ascetismo, no sin años de desapego y oración… Tal vez eso sirva para algunos… pero para muchos otros no.

–Una vez leí, no recuerdo dónde –dije notando las chiribitas del café en mis propias mientes–,  que “el cuerpo es el recipiente del alma”. Vamos, que es tan santo como el propio espíritu…

–Cierto, muchacho, pero un sacerdote no tiene por qué ser un santo, y tampoco parecerlo. Un cura ha de ser ante todo una persona. Y quiero mentar al hombre y a la mujer, pues ¿por qué no puede haber también sacerdotisas? Tiene que ser alguien que viva con el ejemplo que Jesús nos mostró y por el que venció a la muerte por nosotros. Un modelo de vida que se resume en el amor a Dios y al prójimo como a uno mismo. Y si mi mujer también era mi prójimo, ¿por qué no podía amarla entonces?, ¿por qué no iba a poder amarla como a una esposa, como a la persona que junto a mí se fundía en la unidad de una sola? Unión que, a resultas, obtuvo como fruto su bendición: una niña hermosísima, producto del amor cristiano.

El sacerdote se calló de pronto. Sacó del interior de su negra chaqueta un viejo reloj dorado que pendía de una cadenilla y miró la hora; seguidamente me dirigió sus corneas húmedas mientras se guardaba el reloj y puso un billete sobre la mesa.

–Ahora tengo que marcharme, los asuntos de la parroquia me reclaman. Mañana a las cinco, como usted bien sabe, me tendrá aquí, en esta misma mesa; seguiremos entonces con mi historia…

–Aquí estaré sin falta. Pero… aún no conozco su nombre.

–Cierto. Joven… pero yo ya me he olvidado del suyo, así que estamos igualados. Hasta mañana, muchacho.

–Adiós, padre.

El cura se levantó despacio y salió con paso lento de la cafetería. Llevaba un pequeño bolso de mano bajo el brazo adonde había guardado su libro y una oscura boina que se caló justo antes de salir a la calle.

El testimonio de aquel viejo clérigo me llevó a la reflexión durante gran parte de la noche. Estuve pensando sobre la espinosa cuestión del celibato; asunto del que últimamente había oído y leído comentarios en varios medios de comunicación. Se decía que cuantiosos sectores del sacerdocio de varios países, con miles de firmas como aval, pedían la aprobación por parte de Roma del celibato voluntario. Los más activos eran los norteamericanos, tal vez para paliar de ese modo los encarnizados casos de abusos sexuales acaecidos allá durante los últimos años. Pero las altas jerarquías vaticanas habían preferido esperar. Seguir dilatando el debate sobre el celibato voluntario, una postura ampliamente apoyada no sólo por los firmantes de los alegatos, sino también, aunque de un modo soterrado, por una inmensa mayoría de clérigos. En última instancia, el nuevo papa Francisco ha dejado entrever que bajo su mandato podría desbloquearse el asunto (no es un dogma de fe, ha aseverado), existiendo bastantes posibilidades de que pronto quede aceptado y entonces el mundo entero pueda ver a los primeros curas casados desde tiempo inmemorial.

 Fco. Javier Martín FrancoFranjamares, abril de 2016.

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Triana (Hijos del agobio, 40 años)


Triana-Una_Historia-FrontalAbril de 1976 (hace 40 años, casi ná), suenan por las calles las canciones del segundo álbum de Triana, “Hijos del agobio” (y del dolor). El primer disco, “El patio” ardía ya bajo las agujas de los tocadiscos de la época. Nunca un grupo andaluz había tocado y cantado con su propio acento, sus compases y sus raíces (quizá el Smash de Manuel Molina) y, además, amalgamándolo todo con los mejores sonidos de las vanguardias del rock progresivo del momento (Pink Floyd, King Kirmson…). El Rock andaluz, cuajado de flamenco, había venido para quedarse y para ir modulándose con otros ritmos, unos más heavys otros más caribeños, hasta llegar a nuestros días. Aquellos muchachos de Triana hicieron historia y dejaron para la herencia cultural de los españoles un puñado de esas canciones que por su maestría, nunca mueren.

Hace cuarenta años de aquel Hijos del agobio y hoy resulta que en nuestra tierra ese agobio no deja de aparecer de nuevo por los rincones.

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